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De la resistencia cultural a la reacción patriarcal: feminismo y crisis global en el siglo xxi

From Cultural Resistance to Patriarchal Reaction: Feminism And The Global Crisis in The 21st Century

Urania Atenea Ungo M.

Universidad de Panamá, Panamá

RESUMEN El presente texto constituye una reflexión sobre la política, las mujeres, lo político, el feminismo y el futuro en la actual crisis global. La crisis civilizatoria es total, universal e indetenible. Aquí se intenta esbozar algunas ideas de lo que pienso está verdaderamente en juego: la definición de sujeto, de persona y de derechos, la idea de la futura sociedad deseable, y de los fundamentos y ordenamiento de la vida social, del concepto de vida buena. En el marco de la ascendente crisis global y la creciente sensación de estar en transición hacia ninguna parte, la pregunta por si resistirán nuestros derechos la llegada de ese nuevo orden es vital, ética y políticamente fundamental. Este documento intenta colaborar con el proceso de darle respuesta. El orden del mundo que viene se está construyendo hoy, en condiciones cada vez más adversas para los derechos y libertades de las mujeres y es importante anticipar la reflexión sobre algunas de sus previsibles consecuencias.

PALABRAS CLAVE crisis civilizatoria global; derechos; feminismos; futuro.

ABSTRACT This text constitutes a reflection on politics, women, feminism and the future in the current global crisis. The civilizing crisis is total, universal and unstoppable. Here we try to sketch some ideas of what I think is really at stake: the definition of subject, person and rights, the idea of the future desirable society, and the foundations and regulation of social life, the concept of good life. In the context of an escalating global crisis and the growing feeling of being in transition to nowhere, the question of whether the arrival of this new order will resist our rights is vital, ethical and politically fundamental. This document tries to collaborate with the process of answering it. The order of the world to come is being built today, in increasingly adverse conditions for the rights and freedoms of women and it is important to anticipate the reflection on some of its foreseeable consequences.

KEY WORDS Global Civilizing Crisis; Feminisms; Rights; Future.

RECIBIDO RECEIVED 10/1/2020

APROBADO APPROVED 10/2/2020

PUBLICADO published 15/7/2020

NOTA DE LA AUTORA

Urania Atenea Ungo M., Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, Universidad de Panamá, Panamá.

Correo electrónico: urania.ungo@up.ac.pa

ORCID: http://orcid.org/0000-0003-4119-9450


La multitud, la alternativa viva que crece en el interior del Imperio. Simplificando mucho podríamos decir que la globalización tiene dos caras. Por una parte, el Imperio extiende globalmente la red de jerarquías y divisiones que mantienen el orden mediante nuevos mecanismos de control y de conflicto constante.

Pero, sin embargo, la globalización también crea nuevos circuitos de cooperación y colaboración que se extienden por encima de las naciones y que hacen posible un número ilimitado de encuentros … no significa que todos vayamos a ser iguales en el mundo, pero brinda la posibilidad de que, sin dejar de ser diferentes, descubramos lo común que nos permite comunicarnos y actuar juntos. La multitud también puede ser concebida como una red abierta y expansiva, en donde todas las diferencias pueden expresarse de un modo libre y equitativo… El pueblo es uno. La multitud en cambio es plural… La esencia de las masas es la indiferenciación: todas las diferencias quedan sumergidas y ahogadas en las masas. Todos los colores de la población palidecen hasta confundirse en el gris…. (Antonio Negri y Michael Hardt, 2002, p. 15)

La atemporalidad se refiere a que los problemas de las mujeres, parecen estar ubicados fuera del tiempo, fuera del acontecer y la contingencia política, son vagas formulaciones desconectadas de los contenidos reales de las políticas. (Julieta Kirkwood, 1983, p. 681)

Veinticinco años no es nada… ¿Resistirán nuestros derechos?

En el año 2020 se cumplen veinticinco años de la aprobación, por parte de la Asamblea General de los Estados de la Declaración y la Plataforma de Acción de la IV Conferencia Mundial de la Mujer celebrada en Beijing, China, en septiembre de 1995. La propia Conferencia Mundial y sus productos constituyeron un enorme reconocimiento a las diversas y múltiples luchas de las mujeres en todo el mundo a lo largo del siglo xx. La conferencia fue la mayor celebrada en la historia de la ONU, la más grande e importante sobre las mujeres como indican los simples números: ciento ochenta y un países, casi cincuenta mil personas entre la conferencia de los gobiernos y el foro no gubernamental, se dieron acalorados y muy tensos debates, se llegó a ella sin un documento final —como era tradición acordar en las anteriores cumbres mundiales— y se produjeron reservas sobre distintos asuntos que iban desde la cuestión del aborto, pasando por lo de los derechos humanos universales e inalienables, la herencia, la opción sexual, hasta asuntos económicos y financieros, por citar algunos de los más ásperos y controversiales.

La Conferencia de Beijing 95 no solo fue importante como reconocimiento a las mujeres y sus demandas, sino también como hito que da testimonio de la significación femenina para conceptos —entonces caros— como desarrollo, paz y democracia, tanto en los escenarios nacionales, como regionales y globales en el siglo xx. A lo largo de todos estos años, y de muchas maneras, ha sido denunciado el desigual y pobre cumplimiento por los gobiernos de lo pactado en la IV Conferencia. Todo lo cual no es óbice para que hoy, veinticinco años después, algunos de estos mínimos logros se vean amenazados, a veces con su eliminación, y otras tantas con su neutralización, banalización y pérdida de sentido.

El presente documento utiliza Beijing como un hito temporal que sirve para desarrollar una reflexión sobre los procesos y escenarios que enmarcan la condición de las mujeres, el feminismo y nuestras políticas en la actualidad, al tiempo que examina el conjunto de los elementos de los diversos escenarios globales que hacen tan distinto los entramados históricos de la convivencia humana entonces y hoy, e intenta acercarse a las preguntas necesarias para emprender la construcción de una visión sobre el futuro en que los derechos, garantías y libertades de las mujeres no sean asuntos de segundo orden.

Hoy la crisis global —en sus múltiples manifestaciones— es una evidencia fuerte. En no pocas de las previsiones sobre el futuro es muy notoria la ausencia de las mujeres, la nula mención de nuestros cuerpos y sus capacidades. A pesar de que la crisis global no puede abordarse sin la construcción de una posición sobre diversos asuntos críticos, entre ellos —uno no menor— el de la población. Y con ello el muy central asunto de la condición, los derechos, las libertades y las garantías ganadas por las mujeres en estos años. En todo caso, el presente texto constituye una reflexión sobre la política, las mujeres y lo político en la actual crisis global y las mujeres, el feminismo y el futuro. Por tanto, intentaré esbozar algunas ideas de lo que pienso está verdaderamente en juego: el concepto y la definición de sujeto, de persona y de derechos, la idea de la futura sociedad deseable, y de los fundamentos y ordenamiento de la vida social, del concepto de vida buena.

En el marco de una ascendente crisis global y la creciente sensación de estar en transición hacia ninguna parte, la pregunta por si resistirán nuestros derechos —los que fueron producto de esas luchas que desembocaron en algo tan importante como una Conferencia Mundial— es vital, ética y políticamente fundamental. Este documento intenta colaborar con el proceso de darle respuesta. El orden del mundo que viene se está construyendo hoy, en condiciones cada vez más adversas para nuestros derechos y libertades, seamos o no conscientes de este álgido momento y de sus previsibles consecuencias.

Breve nota sobre el método de esta reflexión

Lo que a continuación presento es una reflexión que intenta sintetizar algunos de los provisionales resultados de dos investigaciones que he venido realizando hace ya algún tiempo, ambas aún en proceso. La primera tiene como objeto analizar e interpretar la participación política de las mujeres en la América Central —los procesos, las protagonistas y sus resultados—, y otra un poco más filosófica que se centra en los cambios que las feministas hemos logrado instalar en el mundo, y que a mi juicio nos han llevado a la actual situación global, que pienso nos sitúa en un complejo contexto que ha ido y va de la resistencia a la reacción patriarcal en un ascendente marco de crisis diversas, complejas e interconectadas. Uno de los rasgos más deslumbrantes de lo que hoy denominamos crisis global.

Es importante esta prevención teórico-metodológica, porque es altamente posible que en algunos momentos que las ideas suenen abiertas, inacabadas, en proceso, en construcción, que lo están. Por otro lado, es importante destacar que, a pesar de algunos tonos, no se parte de concepciones provenientes de la futurología o la colapsología, sino de una auténtica preocupación por el estado del mundo, la situación de nuestra especie y de un largo compromiso feminista que, al parecer, estará en mí siempre. Vale decir, en mi condición de filósofa y feminista.

Estas breves precisiones teórico-metodológicas respecto al documento que sigue a continuación deben empezar por reconocer la complejidad del objeto pretendido y establecer, situar, desde donde se enuncia y se argumenta. Toda la documentación examinada, libros, artículos, textos publicados en Internet por sitios académicos y no tanto, sugieren que la crisis global es universalmente percibida. He privilegiado los textos académicos por razones obvias, sin dejar de reconocer que textos más blandos son altamente sugerentes y contentivos, no pocas veces de brillantes intuiciones y conceptos que vale considerar y esperar su madurez.

Como se verá en su momento, he escogido el concepto crisis civilizatoria, para denominar la actual situación, sin desmedro de que en el proceso sea posible encontrar y/o construir otro que contenga y exprese de manera más completa la actual condición del mundo. Por sí mismo es ya fuente importante de discusión, y más desde un también pretendido feminismo filosófico. No solo por su extensión, por la vastedad de los fenómenos históricos, políticos, sociales, culturales que lo integran sino también por su transdisciplinariedad intrínseca que es, de por sí, ya un hándicap importante. Asumo el concepto en su controversial polisemia, en la versión de François Houtart (2001), François Chesnais (2017) y de Fritjof Capra (1982), y como una síntesis del carácter intenso, articulado, complejo, multidimensional del estado actual del mundo en crisis.

Un modo de crisis tal, que hoy no es posible resolver una de las crisis sin que ello signifique la casi forzosa necesidad de resolver algunas o todas las otras dimensiones críticas conexas. Además, adhiero al histórico parricidio teórico feminista y enfoco con duda y sospecha —a veces metódica, a veces sistemática— toda la tradición patriarcal, sin que ello signifique desconocimiento de muchas deudas teóricas, así como tomo partido en el ya largo debate sobre si hacemos filosofía feminista o tenemos feminismos filosóficos y adhiero a lo que postulan Celia Amorós y Amelia Valcárcel. Aún si todo ello fuese poco, debo añadir que la reflexión se hace desde una conciencia del sur, de la ex colonia y del mestizaje.

De igual modo, confesar el carácter de aún en construcción del texto y sus límites anuncia el peligro de aventurarse en terrenos nada seguros, en que se mezclan algunas certezas, ciertos instrumentos probados, algunas categorías respetables por su rigurosidad y una gran dosis de incertidumbre. Los cuales deben ser asumidos para poder alumbrar alguna idea de verdad iluminadora en un campo transdiciplinario, en construcción, caótico. Internarse en regiones poco conocidas hace que los instrumentos sean inciertos, que los conceptos sean híbridos problemáticos y que los cruces categoriales produzcan rupturas, fisuras e intersticios disciplinares raros, pero son a fin de cuentas los que permiten aprender a pensar lo no pensado, lo insólito que resulta cada vez más posible. Para decirlo en breve y no por un impúdico deseo de pasar por modesta, se trata de algo menor a la Filosofía.

Aclaro ello porque han sido múltiples las veces que algunos de mis colegas del Departamento de Filosofía de la Universidad de Panamá, me han hecho conocer que, según su opinión, lo que hago es seguramente muy bueno, tal vez valioso e incluso hasta puede ser importante, pero lamentablemente no es Filosofía, de esa así con mayúscula y majestuosidad. Es decir que no se trata verdaderamente de una “búsqueda” de esa verdad esencial, racional, eterna, trascendente e infinita situada allá, tal vez en el Topus Uranus, en la mente omnisciente de Dios, escondida en viejos documentos del pensador que cada cual prefiera según su propio catecismo filosófico (Ungo, 2014).

En todo caso, espero sea útil para el feminismo —en todas sus corrientes y generaciones—, ahora que también debemos pensar en cómo transitar a un futuro que todo augura no será hacia el mundo que durante tanto tiempo hemos soñado y pensado construir.

El mundo hoy. La crisis civilizatoria global

¿Qué hemos logrado cambiar realmente las feministas en el mundo? ¿Y en la América Latina y el Caribe cómo se manifiestan esos cambios? ¿Cómo medirlos, sopesarlos, valorarlos para tener hoy una objetiva —y en lo posible completa y profunda— visión de lo logrado?

El 26 julio de 2019 —y para escándalo general— la ministra de la Mujer de Brasil declaró públicamente que “las niñas de Marajó son violadas porque son tan pobres que no tienen bragas” (Lima, 2019), con lo cual en su condición de alto cargo pretendió explicar así el aumento de las agresiones sexuales a niñas, adolescentes y mujeres en un territorio insular brasileño de carácter turístico. El rechazo que no se hizo esperar, hizo que se pronunciara también el dispositivo técnico (Comité de Expertas) del Mecanismo de Seguimiento de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer “Convención de Belém do Pará” (MESECVI).

[…] el Comité ya ha expresado su preocupación por este tipo de declaraciones que defienden como natural el orden social, político y económico patriarcal, dificultan la igualdad sustantiva, ya que profundizan el machismo y la misoginia, refuerzan y perpetúan estereotipos y roles de género discriminatorios y una cultura de intolerancia que afecta a la convivencia democrática, dificulta el ejercicio de los derechos de las mujeres y legitima la violencia contra ellas. (Comité de Expertas, CEVI, 2019).

Amén de lo anecdótico, lo simbólico: Marajó es un territorio del estado amazónico de Pará, donde en 1994 la Asamblea General de la Organización de Estados había aprobado la Convención Belém do Pará —la primera en el mundo con ese objeto— y en su condición de ministra de la Mujer, la citada integra parte del conjunto de la institucionalidad que fue creada o fortalecida en el orbe como elemento importante de los compromisos contenidos en la Plataforma de Acción Beijing 95. Vale decir una radical diferencia entre los acuerdos entre estados y el desarrollo de la vida y los procesos sociales.

Esa distancia simbólica obliga a reflexionar ya no solo sobre los compromisos asumidos por los gobiernos, sino sobre los contenidos y formas de los procesos sociales. Cuando un estado cambia sus políticas, ¿es el reflejo, el espejo de cambios en las concepciones del mundo, los imaginarios, las creencias y nociones, los principios y valores de las personas y las sociedades? ¿No existe tal correspondencia? Esto afirman los nuevos críticos radicales de la extrema derecha sobre la globalización y su cultura cosmopolita. Entonces es válido preguntarse: ¿cómo cambia la sociedad? ¿Cómo se organizan, instalan y cobran existencia material nuestros valores y principios?

Vale decir que los cambios en las condiciones materiales de la vida son visibles y evidentes. La pregunta es cómo cambian las relaciones entre personas, y los conceptos y valores que presiden dichas relaciones. La convivencia humana está siempre regulada, ¿son estas reglas las mismas hoy que cientos de años atrás?, ¿sabemos en virtud de qué y cómo cambian estas reglas? (Ungo, 2019).

Sabemos cómo cambian las reglas dictadas por el derecho, hay un espacio social normado, con una institucionalidad reconocida, con instrumentos y procedimientos para proponer, debatir y llegar a acuerdos. A cambio, poco se sabe de cómo cambia el otro gran conjunto de reglas sobre la vida social —asumidas conscientemente o no—: la moral, el conjunto de valores asociados al bien y al mal, a lo legítimo o ilegítimo, a lo bello y lo no bello, a lo agradable y lo no agradable, y que rige nuestra vida en su cotidianeidad. ¿Cómo cambian esos valores y los conceptos sobre ellos y sus definiciones?, ¿hay progreso moral en el sentido de avance como podemos ver en la ciencia o en la economía?

Mientras la racionalidad instrumental del sistema económico y político se intensifica hasta producir novedades científico-tecnológicas hace poco impensables, en la dimensión social y cultural, en los imaginarios y concepciones profundas, crecen los irracionalismos, conservadurismos y fundamentalismos, como dos líneas paralelas que corren en dirección opuesta. Se trata de un fenómeno global que tiene expresión en todos los países. Es así que una ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, cargo de nuevo tipo en el conjunto de los aparatos estatales, puede expresar un concepto tan antagónico a lo que ella debe representar.

¿Cómo es que en medio de avances que han hecho que algunos hablen ya de transhumanismo, de colonizar otros planetas y otros muchos cambios tecnológicos hace poco impensables, reaparezcan en ascenso ideas, valores y prácticas brutales y oscurantistas? Y sobre todo, ¿por qué al contrario de aquellas, estas se extienden por todo el orbe anidando rápidamente y floreciendo en movimientos políticos que se pensaban superados y extinguidos?

Para poder valorar con mínima certeza tales cambios sociales y culturales hay que reconocer su consistencia, radicalidad, envergadura, así por ejemplo Eric Hobsbawm pudo afirmar

El principal interrogante al que deben dar respuesta los historiadores del siglo xx es cómo y porqué tras la segunda guerra mundial el capitalismo inició —para sorpresa de todos— la edad de oro, sin precedentes y tal vez anómala, de 1947-1973 […] lo que ya se puede evaluar con toda certeza es la escala y el impacto extraordinarios de la transformación económica, social y cultural que se produjo en esos años: la mayor, la más rápida y la más decisiva desde que existe el registro histórico […] ese período fue el de mayor trascendencia histórica de la centuria, porque en él se registraron una serie de cambios profundos e irreversibles para la vida humana en todo el planeta … el tercer cuarto de siglo señaló el fin de siete u ocho milenios de historia humana que habían comenzado con la aparición de la agricultura desde el Paleolítico […]. (Hobsbawm, 2001, p.18).

¿Este estudioso exagera tales procesos de cambio? Además, en un período muy corto —en términos históricos— pero intenso en cada una de las dimensiones de la vida social, y en medio de diferencias abismales entre grados de desarrollo, culturas y modos de vida de las distintas regiones y países. ¿Se ha acelerado, desde ahí, el modo en que evolucionan las sociedades humanas? Porque también es corto el tiempo en el cual algunas de las ideas, nociones, conceptos, instituciones y valoraciones producidas en esos años han pasado a ser objeto de profundos y radicales cuestionamientos, y diversos sistemas económicos, sociales y políticas han entrado en franca crisis. Y no de cualquier clase de crisis.

La situación actual, toda ella, es una crisis multidimensional, que según toda evidencia posible transita al colapso global, mientras el crecimiento exponencial de los productos de la ciencia y la tecnología es contiguo a la reaparición de fascismos, fanatismos religiosos de diversa laya, visiones políticas autoritarias, deshumanizantes y regresivas amén de una exhibición magnificada de la banalidad y la violencia que al parecer no conoce límites.

El envés de todo ello nos remite de nuevo a la cuestión inicial: ¿qué hemos logrado realmente cambiar?, que a su vez remite a la cuestión de cómo realizar cambios sociales que no permanezcan anclados a los viejos valores, al sentido común más bastoeu, frecuente seno de la reacción.

A lo largo de estos años, desde 1995 hasta la actualidad, es posible pensar que el proyecto de Beijing 95 no ha tenido un fuerte marco ético que convenciese y cambiara las visiones del mundo de las mayorías sociales y populares, a las que se proponía hacer sujetos, protagonistas y no meras beneficiarias de las políticas del post Beijing; sino que, por el contrario, el seno en el que emergieron dichas propuestas fue el de sectores globales, cosmopolitas, ilustrados, posmodernos, transversales en todas las sociedades y culturas. Mientras tanto, en las distintas clases mayoritarias de todos los países, en especial los “periféricos” de todo el orbe, la amenaza de la precariedad, la pobreza y las desigualdades infinitas instalaban una creciente y amenazante sensibilidad de ir hacia ninguna parte, hacia ninguna mejora ni cambio ni avance, y cuya salida al menos inmediata era —y aún es para muchos— retroceder y acabar con esa globalidad imperante. Amén de que en el momento en que se despliegan las políticas posteriores a Beijing fueron simultáneas con las políticas del Consenso de Washington y la instalación del neoliberalismo. Así aparece hoy en el escenario una voz creciente —y radicalmente vociferante— que denuncia tales propuestas como contrarias al orden instituido en libros sagrados y en la propia naturaleza (Gatti, 2018).

Dicho en breve, en un gran marco de crisis interconectadas, cuya extensión y profundidad es indudable, resulta que grandes sectores sociales son convocados y seducidos por ideas, nociones y emociones que se fundan en el miedo, el fundamentalismo religioso, el nacionalismo y la reacción patriarcal, en tanto se afirma que los cambios en la condición femenina son el núcleo de lo indeseable a batir.

Crisis global y reacción patriarcal: el nuevo asalto a la razón

Nuestro tiempo es el tiempo del “todo se acaba.” Vimos acabar la modernidad, la historia, las ideologías y las revoluciones. Hemos ido viendo cómo se acababa el progreso: el futuro como tiempo de la promesa, del desarrollo y del crecimiento. Ahora vemos cómo se terminan los recursos, el agua, el petróleo y el aire limpio, y cómo se extinguen los ecosistemas y su diversidad. En definitiva, nuestro tiempo es aquel en que todo se acaba, incluso el tiempo mismo. No estamos en regresión. Dicen, algunos, que estamos en proceso de agotamiento o de extinción. Quizá no llegue a ser así como especie, pero sí como civilización basada en el desarrollo, el progreso y la expansión. (Garcés, 2019, p. 16)

Habitar el siglo xxi es respirar las crisis, aun los muy jóvenes saben, sienten, piensan que estamos en una crisis y en transición, al parecer a ninguna parte. Aquí tiene sentido detenerse. Una mirada a la historia del capitalismo desde sus inicios se hace cargo inmediatamente que al parecer la crisis es su estado permanente (Hobsbawm, 1981, p. 448).

Es materialmente imposible, en una breve reflexión como esta, dar cuenta de la carga conceptual preñada de problemas que la categoría crisis implica, que desde innumerables posiciones políticas e ideológicas acompaña la historia intelectual contemporánea, por lo menos desde inicios del siglo xx (Hobsbawm, 1981, p. 455). Si se examina la enorme producción teórica y política que intenta construirlo y explicarlo, toda la posmodernidad está atravesada por el concepto. Dicho de modo breve, se trata de un concepto que designa la llegada a no ser más posible del modo de realizarse de un determinado proceso, el desarrollo al límite de sus posibilidades, contradicciones y antagonismos, y el subsiguiente desemboque en un nuevo estadio; por lo tanto, cada proceso presente en el universo llega a ese momento, a sus disyuntivas y dilemas. ¿Qué es lo nuevo? ¿Qué es lo que hoy claramente la distingue de las otras crisis históricas?

Sin pretender agotar una descripción y menos una explicación, es posible afirmar que hoy visiblemente habitamos un mundo donde se percibe un cambio desestructurante, envolvente de todo lo que existe, a la vez destructivo y fluyente. Uno muy distinto, sin embargo, de los constantes cambios parciales, un cambio general, global, multidimensional e interconectado de modo tal que los desequilibrios en una de sus partes colaboran con la desestructuración de otras o todas sus partes (Ungo, 2014).

Estas condiciones económicas, tecnológicas, sociales, ambientales, valóricas y existenciales no pueden ser pensadas como un mero cambio del sistema de la organización social, ni solo como una transformación de largo aliento de las condiciones del capitalismo. Son un conjunto más complejo que indica un fenómeno profundo, una crisis de la propia civilización. Más que una mera crisis económica, es evidente que vivimos una transición visible también en otras dimensiones del ser social: la sensibilidad, el clima cultural, los rituales políticos, los signos y símbolos cotidianos ya no son los mismos. Es una situación tal que desafía el concepto mismo tradicional de cambio social-cultural, en tanto pone en cuestión la institucionalidad, el aparataje gubernamental y en no pocos casos hasta la legitimidad misma de la existencia de los estados.

Por su configuración es una suma de crisis distintas, a la vez que es por sí misma más que la mera suma de los distintos ámbitos, niveles y dimensiones de dichas crisis particulares. Cuando se le examina y se le convierte en objeto, se percibe como enteramente real aquello de que el todo es más que la mera suma de sus partes (Koestler, 2018). ¿Es ahora posible pensar, por ejemplo, que se podría resolver la crisis energética o la alimentaria —¡en indetenible crecimiento!— sin resolver el problema teórico y práctico de la propiedad, el régimen político y la democracia? (Ungo, 2014, p. 155). ¿Qué fue de la esperanzada confianza de Immanuel Kant en el incesante progreso moral de la especie? (Kant, 1985). ¿Debemos preguntarnos, de nuevo, dónde quedó la confianza en el progreso, la fe en la razón y la técnica? (Dierckxsens, 2013).

El futuro ha sido siempre objeto del examen social y de la especulación filosófica. Realmente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial —para atenernos a la convención aún vigente a pesar del sesudo argumento de Eric Hobsbawm (2001)— y particularmente desde los años sesenta, gran parte de la inteligencia se ha invertido en reflexionar sobre el futuro. Desde Weber, Popper, Bell, pasando por los años de la guerra fría y las teorías de Aron (1997), Brzezinski (1998); hasta Fukuyama (1992 y 1998), Samir Amín (1997), Franz Hinkelammert (2003), George Soros (1999) y las sombrías profecías de Viviane Forrester (1997), ello no ha hecho más que continuar, y alcanzó un nuevo estadio en las condiciones posteriores a 1989.

Sin embargo, un elemento de la actual crisis es realmente decisivo por su carácter global y porque ha hecho incluso que se hable de la extinción no solo de la especie humana sino de todos o casi todos los seres vivos, la cuestión ecológica. La reciente declaración de la reunión número 25 de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de la ONU de Cambio Climático del año 2019 sobre “acuerdos mínimos” —cuando se esperaban acciones contundentes para hacer avanzar los procesos contra el cambio climático— es al respecto iluminadora, para decirlo levemente.

Es tal el carácter articulador de esta dimensión de la actual crisis, que este solo elemento condiciona a todos los demás, y hace aún más complejo —epistemológica y políticamente— el fenómeno de la crisis. En el debate sobre cómo es el mundo en crisis hoy, hay infinitos conceptos que intentan condensar en un término la cuestión: desde crisis del capitalismo, crisis del neoliberalismo, postmodernidad, transmodernidad, colapso global, mundialización, globalización, hasta incluir a quienes no hablan ya de sólo una edad o momento histórico sino incluso de una nueva era geológica, el Antropoceno. (Riechmann, 2018; Hwang, 2018; Sempere, 2018; Svampa, 2018; Rodríguez Magda, 2004; Dussel, 1999).

Lo realmente innovador del concepto de crisis civilizatoria es que permite observar el engarzamiento de fenómenos y su relación con la ecología, como una mediación entre aspectos centrales de la vida y la sociedad humana y la naturaleza. Para solo mencionar alguna muestra, la economía pensada hoy como una totalidad, permite concebir que nunca antes el trabajo humano y el conocimiento habían producido tanta posibilidad de bienestar, pero tampoco tanta posibilidad de caos y descomposición social. Nunca antes ha habido tanta riqueza, tampoco tanta miseria, y nunca antes los procesos económicos —desde la producción misma hasta el consumo— estuvieron implicando a todas las regiones del globo. Y nunca antes elementos que no eran mercantilizados hoy lo están, a grados que ante todo ello algunos importantes pensadores han previsto la categorización de bienes públicos globales de algunas dimensiones fundamentales para la vida humana (agua, aire, mares, salud, educación), hoy en proceso de convertirse en bienes escasos y por ende ser concebidos como artículos con valor de cambio, mercancías en poder de minorías privilegiadas. Todo lo anterior a su vez en un marco, para decirlo breve y tersamente, de extremos (Kaul, et alii., 2002).

Aunque sea somera y panorámicamente, al examinar la dimensión política, a través de la mediación de lo ecológico global —de nuevo la 25° reunión de la COP—, se evidencia un conjunto de regularidades que, aunque no sean homogeneidades idénticas en todas partes, sí son patrones emergentes característicos de los últimos tiempos: la desconexión entre las aspiraciones de sectores y clases mayoritarios a una democracia realmente inclusiva —inclusión no solo de nuevos actores, sino además de nuevos temas y problemas— y la incapacidad de las jerarquías de los diversos regímenes políticos de procesarlos dentro de los sistemas. Desde este ángulo se hace posible comprender y entender de modo distinto algunos de los conflictos políticos fundamentales de nuestra época, por ejemplo, la crisis de la legitimidad de la representación política, que ya ha hecho surgir tanto los transformadores planteamientos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional sobre el “mandar obedeciendo,” como los hechos de la llamada “primavera árabe,” como el espíritu que tan bien resumió el eslogan de los piqueteros argentinos en la crisis del año 2001: “¡Que se vayan todos!,” y que se extiende por toda la América Latina (Vega Cantor, 2011; Nozick, 1988; EZLN, 2000).

Otro factor agravante es el creciente peso del belicismo en el sistema político internacional, el armamentismo de países que no tienen enemigos es una práctica también extendida —que consume millones de los presupuestos nacionales—, mientras vociferantes prácticas poco diplomáticas se instalan como lo común. Todo agravado por el actual presidente norteamericano que se propuso restablecer de modo muy duro la hegemonía económica y militar en cuestión.

A todo ello hay que añadir que tales procesos ponen en jaque al sistema político pero sin que realmente exista una propuesta, más bien, un proyecto claramente alternativo que recuperando la democracia como dispositivo participativo, lo separe del mercado capitalista que se autoinstituye como expresión democrática básica; y que destruyendo el concepto de libertad de las fuerzas del mercado, recupere la libertad de la ciudadanía y su posibilidad a la inclusión de un concepto de derechos que limite el poder y la fuerza de los diversos poderes fácticos.

Ello sin olvidar que son los estados los entes ante los cuales es posible demandar la vigencia y sentido de los derechos —y sus correspondientes garantías y deberes—. Como sabe el feminismo, sin tales estructuras son estériles las reivindicaciones de normas, contenidos y formas de la regulación de la vida social, aunque sea de manera mínima. La transformación emancipadora deberá encontrar un cauce de acción que logre vincular dicho complejo conjunto de metas políticas, en un contexto de crisis y en un marco ético y político. Hasta donde sabemos los mundos en donde ha imperado la fuerza, la violencia y la barbarie, no lo tienen.

En las fronteras de la democracia se concentran hoy todos los problemas de las diversas sociedades, de modo tal que se hace necesidad seriamente preguntarse seriamente si será posible algún día discutir los fundamentos éticos y ontológicos de la estructura de los sistemas políticos, por ende, la configuración de los derechos, y estimar cuáles de esos derechos hoy son ya meros privilegios que hacen de la buena vida solo una realidad para minorías.

Como ya se ha dicho, una gran parte de la tradición teórica occidental y del Sur ha hecho del cambio social y cultural su objeto central de su reflexión. Ahora es cada vez más cercana la evidencia de la impotencia de ciertas visiones, como las de quienes confían en la capacidad de los cambios científico-técnicos para resolver la cuestión ecológica, vale decir, resolver la habitabilidad menguante del nicho humano en el planeta por obra de la revolución tecnocientífica. Es indudable que la segunda mitad del siglo xx ha visto una revolución del conocimiento, de la ciencia, de las técnicas, de las tecnologías —de todo tipo— de los dispositivos y aparatos, tanto materiales como intelectuales y virtuales, que hacen o podrían hacer pensar que son la llave a la supervivencia y al bienestar de la especie. Sin pretender entrar en tal terreno y para decirlo breve y terso, hasta donde llega la experiencia seguro no. Hoy casi no hay ciencia libre, toda o casi toda la investigación científica está supeditada a los centros financiados por grandes poderes económicos y es cada vez más visible que la posible extinción solo alcance a quienes no tienen los recursos para salvaguardar sus vidas.

Por ejemplo, ¿podría la tecnología detener el crecimiento de la población? Una larga, densa y abundante discusión ha abordado ello desde diversas perspectivas; lo indudable es que entre el siglo xx y el inicio del xxi, la población del mundo tuvo un crecimiento exponencial, como marcan los números —entre 2.000 millones de personas en 1900 a cerca de 7.400 millones en 2015—, y aun con las profundas desigualdades regionales del consumo, es válido preguntarse si puede el planeta resistir tal nivel de explotación. Las explicaciones fundadas en la esperanza tecnocientífica resaltan las mejoras en salud y alimentación para millones de personas, pero tales aspectos de la vida no son asuntos meramente técnicos, como se evidencia al examinar qué investiga, produce y vende la industria farmacéutica, para citar un ejemplo fuerte.

En tanto, respecto a la producción de alimentos en el mundo es importante recordar lo que la investigadora Alba Carosio llama la utopía de la abundancia infinita como irrealizable y antiecológico ideal que se extiende desde los centros noratlánticos hacia el mundo (Carosio, 2008). Patricia Aguirre, respecto de tal afirma en su artículo de 2016:

[…] no hay razones que justifiquen los 800 millones de subalimentados y que hay pocas razones para los 1.500 millones de personas con sobrepeso (de las cuales 30% son decididamente obesas). En realidad, estas cifras deberían servir para problematizar esta cuestión, no para clausurarla con la alegría de que todos pueden tener la panza llena. Estas publicaciones nos dicen que algo está mal en la alimentación actual, que produce estos resultados aparentemente contradictorios […] En la esfera de la producción, enfrentamos una crisis en la disponibilidad que —como ya señalamos— no pasa por la cantidad de alimentos, sino por su calidad y por la sustentabilidad del modelo de producción. En la distribución, enfrentamos una crisis de equidad que significa que los alimentos no van adonde se necesitan, sino adonde los compradores pueden pagarlos. En el consumo, enfrentamos una crisis de comensalidad, ya que han colapsado las culturas alimentarias: el comensal se convirtió en un consumidor solitario y la gastronomía, en gastro-anomia….Esta crisis es global porque si bien en principio es la crisis de las sociedades capitalistas de la órbita occidental, sus efectos se extienden a todo el mundo, arrastrando a otras sociedades, organizadas sobre la base de otros principios pero que habitan el mismo planeta […] Es estructural porque, como nunca en la historia de la cultura alimentaria humana, todas las áreas están comprometidas de manera simultánea. Y es paradojal porque hay alimentos suficientes, tecnologías apropiadas y razones concretas para que se produzca, distribuya y consuma de otra manera. (Aguirre, 2016, p. 37).

Seguramente la impronta de la tecnociencia es evidente al examinar todo ello, también es evidente que la mera revolución científico-técnica es insuficiente, son asuntos que competen a todas las sociedades, regiones, culturas y personas, por lo que son finalmente asuntos políticos. Uno de los rubros en los que este carácter es más visible es el de la energía, que desde el año 1973 reveló que el debate al respecto incluye mucho más que la discordia sobre el uso o no de combustibles fósiles o de cualquier elemento que pueda ser pensado como meramente técnico. Y a pesar de la gravedad y la urgencia de ello, como sostiene Armando Bartra:

En los últimos veinte años hemos empleado más energía que en toda la historia de la humanidad. Según la Agencia Internacional de Energía, 84% de este consumo energético proviene de combustibles fósiles, en primer lugar, petróleo, después, carbón mineral, en tercer lugar, gas […] un colosal derroche cuyo origen está en la urbanización y la industrialización descontroladas, que se apoyaron en la existencia de combustibles baratos y que hoy, cuando el petróleo escasea y aunque con alzas y bajas, en general sube de precio, definitivamente ya no son sostenibles. Sin embargo, la proyección de la Agencia Internacional de Energía para los próximos veinte años es que la dependencia respecto del petróleo, o sea de los hidrocarburos, disminuirá de una manera poco significativa: se estima una reducción de apenas 4%. (2013, p. 28).

Tal como quedó representado en la COP 25, la imposibilidad del acuerdo no fue un asunto técnico, o de carencia de datos y de información o de ausencia de instrumentos y/o tecnología, y pese a demandas desesperadas de las y los jóvenes activistas, quienes cada vez menos ven el futuro con optimismo, tal acuerdo no fue posible, por razones político-económicas que fueron expresadas por los gobiernos como asuntos de su interés nacional, cuando lo son en efecto de interés de las grandes transnacionales.

En todas estas dimensiones de la crisis y en sus distintas relaciones hay un crecimiento de las contradicciones internas, tensiones que se agudizan a veces sorda pero innegablemente. Es en la dimensión cultural, en el universo de lo simbólico, en el ser de valores y principios hechos discurso político y acción social, en donde ha emergido una clara característica de la actual crisis: una intensa, densa, multicolor, diversa y potente ola de indignación recorre el mundo, tiene una creciente polaridad, un proceso claramente bifurcativo, que, desde esta perspectiva, anuncia la materialización de dos grandes visiones que se construyen en oposición. Una erigida sobre los miedos, los nacionalismos, los fundamentalismos religiosos y otra, aún más heterogénea, diversa y variopinta de quienes les resisten y los enfrentan. Son o están en proceso de constituirse en concepciones antagónicas del mundo, de la vida, de la sociedad y del propio ser humano. Aún con las miríadas de diferencias nacionales, grados de desarrollo, de culturas, regiones e historias es visible —por lo menos desde aquí— esta singular evolución.

Lo más visible es la emergencia de una creciente oposición frente a grandes temas frutos de la contemporaneidad que se viene forjando desde los años sesenta, y que se expresa transversalmente en todos los países. Ya en su libro de 1997 Samir Amín afirmó:

Probablemente exista un denominador común importante como producto simultáneo del desgaste de los partidos históricos de izquierda (la socialdemocracia y los partidos comunistas) y la explosión de nuevas formas del movimiento social (entre las cuales el feminismo y el ecologismo quizás sean las más importantes) […] Algunos de estos movimientos cristalizaron en partidos políticos parlamentarios […] los Verdes […] Otros movimientos podrían sostener ofensivas de derecha […] Algunos más —el feminismo en primer lugar— […] tienen una vocación progresista indiscutible, ya que atacan en principio una de las características más reaccionarias de nuestra sociedad […] se ha recordado con justa razón que 1968 representó una fecha clave en la historia de las sociedades capitalistas adelantadas, al dar a la protesta contra la enajenación del trabajo una profundidad que desde entonces no ha perdido […]. (Amín, 1997, pp. 296-297). (Las cursivas son añadidas).

Es posible afirmar que desde esos años existe el proceso citado supra, y en él nuevos asuntos se desplazaron de los márgenes, desde las orillas de los debates políticos, hacia el centro, de modo paulatino pero indudable. Cuestiones como la subordinación femenina, los derechos de las personas no heterosexuales, el carácter de los estados —laicidad—, la igualdad en la condición humana y la ciudadanía sin distingo étnico-racial, la naturaleza y ser del poder y la autoridad, los límites de la autonomía personal, las fronteras y las migraciones, las posibilidades de un gobierno mundial, la protección de la vida de los otros seres vivos, la crítica al consumismo, emergieron a pesar de la dificultad para convertirlos en asuntos políticos y de las agendas de los estados.

Como en el caso de la cuestión ecológica, dos grandes corrientes de pensamiento se han ido configurando. Son asuntos de largo aliento, no de coyuntura, aunque cada vez más se erigen en hitos de las coyunturas, que exceden con mucho la inmediatez característica de los acuerdos y supuestos que fundan los organismos políticos de cada sociedad, y en la actualidad se erigen paulatinamente en líneas divisorias, incluso en países de la América Latina. Sin que ésta sea una perspectiva lineal, una mirada a las luchas históricas por el derecho a la soberanía femenina sobre el cuerpo, por ejemplo, informa que si en los setentas este era el reclamo feminista en distintos países europeos, en la segunda década de este siglo xxi lo es en las sociedades del cono sur.

Las revueltas de 1968 en el mundo, como afirma Samir Amín, abrieron estos cauces; posteriormente, casi exactamente una década después —en 1979— afirma Amín Maalouf se produjo “un gran vuelco” por lo que el Zeitgeist (el espíritu de la época) cambió, y una nueva sensibilidad se presentaba en el mundo reaccionando contra todo lo surgido en los años anteriores.

Esa noción que la filosofía alemana forjó con el nombre de Zeitgeist es menos fantástica de lo que aparenta; es incluso capital para entender el avance de la Historia. Todos cuanto viven en la misma época se influyen mutuamente […] en pintura, en literatura, en filosofía, en política, en medicina de la misma forma que en la ropa, el aspecto o el peinado […] Los medios con los que ese espíritu se difunde y se impone son difíciles de identificar…en la presente edad de comunicaciones masivas e instantáneas, las influencias se propagan mucho más de prisa que en el pasado.

Normalmente el espíritu de la época actúa sin que nos demos cuenta. Pero hay veces que su efecto es tan manifiesto que casi lo vemos ejercer en tiempo real…En adelante, iba a ser el conservadurismo el que se proclamara revolucionario, mientras que los seguidores del progresismo y de la izquierda no iban a tener ya más objetivo que la conservación de lo conseguido. (2019, pp. 145-146).

Coincidió dicho espíritu de la época con un momento convulso —¡otro más!— de la historia mundial del siglo xx, e inauguró un proceso en que, como dice Maalouf, la reacción se propuso a sí misma como revolución, como nuevo cambio social y avanzó hasta hacer progresar los fundamentalismos religiosos, la instauración del neoliberalismo y otras nociones reactivas adoptadas rápidamente por élites desplazadas por las modernas élites liberales. Por supuesto es imposible narrar los infinitos detalles y signos que anunciaban el progreso de tal asunto, pero es importante destacar que se hizo visible ya desde los mismos debates en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer Beijing 95 (Facio, 1996; Subirats, 1998) y recorrió por diversas vías y medios —prensa, radio, televisión e infinidad de formas masivas de comunicación social— las culturas populares, por lo que Susan Faludi (1992) llegó a hablar de una “guerra contra las mujeres.”

Esto es lo verdaderamente nuevo, a diferencia de la extendida sensibilidad que, desde los sectores más conservadores, achacaba al comunismo todas las consecuencias de las profundas desigualdades imperantes durante varias décadas. En este nuevo proceso cultural lo revolucionario para grandes sectores de la población es el retorno de lo sagrado, la vuelta a la religión. Hubo giros ideológicos, la férrea instalación de los dogmatismos en tales nuevas subjetividades y hasta se extendió la noción que la causa principal, fuente fundamental de las injusticias, era el castigo divino por el abandono de la vigencia de sus mandatos, pero sobre todo por la importancia y significación para la vida social del desafío feminista —ahora nuevo pilar del marxismo cultural— fundado en la ideología de género.

Es innecesario seguir haciendo arqueología del fenómeno. En síntesis, el espíritu de la época ha hecho que de la confluencia de diversos procesos contradictorios (caída del muro de Berlín, neoliberalismo, emergencia de los diversos fundamentalismos, crecimiento de las luchas feministas y demás) haya surgido una disputa por la transformación cultural, por las visiones del mundo, los pensamientos y subjetividades, las posturas sobre distintos asuntos y las concepciones morales de amplios sectores. Reiterando que son grandes visiones que se construyen en oposición, y que están en proceso de constituirse en concepciones antagónicas del mundo, de la vida, de la sociedad y del propio ser humano.

En la misma época de la tecnociencia, de la clonación de complejos seres vivos, de la posible exploración humana de otros planetas del sistema solar, de miles de desarrollos tecnológicos hace poco impensables, surge y hace opción política una visión del mundo que semeja un retorno a épocas premodernas en el no mejor de los sentidos del término.

Y aunque entre 1981 —cuando se realiza el primer encuentro feminista latinoamericano— y 2020 el mundo ha dado ya varios giros copernicanos en las distintas dimensiones que componen el orden social, es posible registrar cambios no solo en la situación sino en la erosión misma de la condición femenina tradicional. También es visible que la férrea oposición del patriarcado ha mutado y es ya reacción a todas las dimensiones de dicho proceso hacia la autonomía femenina. La condición femenina tiene varias décadas cambiando en todo el mundo gracias a la acción feminista. Lo verdadero es que por esa acción y pensamiento cada vez somos menos objetos de discursos y más sujetos/as con voz propia. Sin embargo... la política, el arte, las religiones, el amplio mundo globalizado de la economía en todas sus dimensiones, el mundo del conocimiento, de la información y la comunicación, la tecnología o la ciencia, lo que sea que examinemos registra ahora un doble movimiento. La presencia creciente, ascendente de las mujeres, no solo exigiendo derechos, educándose, movilizándose, aportando, visible en todo el orbe durante y desde el siglo xx, y frente y contra ello, la también emergencia, sobre todo ahora en el siglo xxi, de un proceso social, cultural y político internacional, diverso, complejo y múltiple que hace ya tiempo llamé la reacción patriarcal:

Lo que denomino reacción no es un grupo de personas en un partido, en un colectivo o en una organización….es un conjunto diverso con múltiples presencias en distintos ámbitos e incluso con discursos diferentes, en todos, sin embargo, es notoria una apelación a enfrentar o detener el cambio —así mínimo— de las mujeres y sus derechos. (Ungo, 2006, p. 3).

Al fenómeno de la reacción patriarcal se han añadido nuevos bucles, el contexto de las múltiples y encabalgadas crisis brinda el terreno cultivado para que lo que Virginia Woolf llamara para su época resistencia patriarcal sea hoy una aguda e intensa reacción, ahora avalada por los fundamentalismos. Se trata ahora de una profunda y extrema misoginia: no pocas veces expresada como violencia política, tal como ha pasado ya en varios países de la región y que entre 2009-2014 se expresó en Panamá, por ejemplo, con las duras condiciones que sufrieron algunas de las importantes mujeres políticas del país e innumerables agravios dirigidos a diversos colectivos femeninos.

Además, es un fenómeno global evidente si una examina algunas de las noticias más llamativas de los últimos años. O si se analizan las declaraciones de algunos presidentes de distintos países en los que se evidencia la nueva legitimidad de las más extremas posiciones de la reacción en discursos que se creían ya impensables. Añadiendo un nuevo episodio a lo que podría ser un largo memorial de agravios contemporáneos a las mujeres.

Solo en el año 2017 algunas de las manifestaciones más estridentes de fundamentalismo y misoginia hicieron deslumbrantes apariciones, para citar sólo algunas: en el marco de la reunión 61 de la Condición Social de la Mujer (marzo 2017) el Secretario General de Naciones Unidas expresó que los derechos de las mujeres están siendo atacados en todo el mundo; en tanto en el Parlamento Europeo —el centro de la hipermodernidad globalizada— un miembro polaco justificó que las mujeres ganen menos por ser menos inteligentes; en Perú un pastor evangélico pidió públicamente se asesinen a lesbianas si son encontradas teniendo sexo; y en Nicaragua una comunidad evangélica quemó viva a una joven mujer para “liberarla del demonio.” En noviembre de ese año la destacada filósofa feminista Judith Butler fue atacada en el aeropuerto luego de participar en un simposio sobre democracia en Brasil. En los primeros meses del año 2018, Marielle Franco, una joven diputada feminista afrobrasileña fue asesinada; diversas y jóvenes candidatas a puestos de elección popular en México han sido asesinadas, por cierto, candidatas a no muy altos puestos; y UNICEF advirtió que la América Latina y el Caribe tiene el segundo porcentaje más alto de embarazo adolescente, 66% solo superada por el África subsahariana. Y como si todo ello fuera poco no dejan lugar a dudas las declaraciones de la ministra de la Mujer de Brasil en el año 2019, citadas antes.

Frente a estos signos, pareciera que conceptos como igualdad social para las mujeres, respeto a las diversas opciones sexuales de las personas, reconocimiento de la común humanidad de toda nuestra especie en sus diferencias, son no solo adquisiciones recientes sino también integraciones superficiales a previas concepciones, códigos, sentido común y escalas valorativas conservadoras, en las que prima un atávico horror a la libertad de las mujeres. Se considera que el posible reconocimiento por parte del estado de algunos nuevos esquemas de relaciones constituye una grave amenaza a la familia, y subyace un oscuro deseo de retornar a un viejo orden, profundamente jerárquico y autoritario, presentado como un mítico paraíso idílico de las relaciones sociales y familiares, cosa que, por cierto, jamás ha existido.

Todo ello, para decirlo tersamente, en un escenario de una crisis global en creciente agudización y que hace que una pregunta como la ya expuesta: ¿resistirán nuestros derechos? cobre relevancia. Máxime cuando se reflexiona sobre el proceso de salida, de desemboque de la crisis global.

¿Resistirán nuestros derechos?: Reflexiones finales

En marzo del año 2005 en Nueva York, en la 49º Sesión de la Comisión sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer del Consejo Económico de las Naciones Unidas en la que los estados debían informar de sus avances a diez años del acuerdo de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, Beijing 1995, la DAWN, una organización internacional no gubernamental feminista declaraba, respecto a los obstáculos presentes ante el “Consenso de Beijing 95”:

La creciente militarización desde septiembre del 2001 y la exacerbación de la violencia regional y comunitaria, han aumentado el número de los refugiados y de las personas desplazadas, así como han puesto en peligro el acceso de las mujeres a los servicios y a las protecciones básicas.

La predominancia de los marcos económicos neoliberales y de las políticas dictadas por el mercado conllevaron cambios en las reglas comerciales y financieras, tanto como a la desregulación y a la privatización, que han aumentado la pobreza y ahondado las desigualdades entre las naciones y dentro de las naciones mismas, para las mujeres en particular.

La subida de los movimientos fundamentalistas busca revertir las ganancias de las mujeres y limitar sus libertades y oportunidades en todas las esferas de la vida, inclusive en la salud reproductiva. (DAWN/WEDO, 2005, p. 3).

Es decir que aun antes del momento más crucial de la crisis financiera del año 2008 ya era evidente el tenue compromiso de los estados con las políticas posteriores a Beijing, así como complejo y poderoso el entramado de fuerzas contrarias. Es complicado, para decirlo con levedad, imaginarse dicho compromiso en el momento actual cuando la crisis civilizatoria comienza a mostrar toda su magnitud y sentido. En el otro ángulo, es evidente que los derechos humanos más amenazados se relacionan casi siempre con la condición de las mujeres: la feroz negación a la autonomía y soberanía del cuerpo femenino, el control que es evidente se desea mantener sobre la libertad y la capacidad de decisión, a su vez todo ello situado en condiciones cada vez más agudas e imperantes visiones contradictorias en el escenario social. Amén de que ahora los antifeministas son gobierno en muchos países. Todo ello en las condiciones configuradas por ese proceso global general que es la crisis civilizatoria. Sería posible conjeturar mucho.

Sin embargo, es indudable que a pesar de todo ello estos cambios culturales nuestros existen. Estos cambios que hemos logrado producir por nuestra acción han puesto en cuestión la diferencia y la desigualdad, y el referente antropológico desde el cual es justificada la desigualdad. A partir de ello, podría una preguntarse cuál es la consistencia o la fragilidad de estos cambios culturales progresivos respecto a la condición femenina. ¿Resistirán los embates provenientes de los fundamentalismos?, ¿de la reacción patriarcal? ¿Resistirán la extrema agudización de las desigualdades, las que no pocas veces parecen conducir a la sociedad hacia nuevas formas de barbarie? ¿Resistirán los estados, en tanto aparatos que establecen y supervisan un orden político y social donde mínimamente existen derechos reconocidos para las mujeres, su creciente impotencia y deslegitimación?

¿Son las preguntas que evidencian el egoísmo feminista? Tal vez. Sin embargo, es importante destacar varios componentes de lo examinado que permiten alguna fundamentación de la legitimidad de dichos cuestionamientos. Primero, el tono apocalíptico de muchos de los textos a pesar de sus mismos autores; segundo, cuando de las salidas se trata, no solo no hay acuerdos sino pequeñas certezas, pero abunda en cambio el señalamiento de que entre las posibles salidas la más próxima es la que parece conducirnos a una especie de nueva edad de la barbarie.

Pero las preguntas no son sólo pertinentes respecto a las mujeres. Resulta importante a toda la cotidianeidad actual como la conocemos, aún en su transición y relatividad, y en el centro de ello, también respecto de la condición de los más débiles no portadores de la agresión y la fuerza: la niñez, las y los jóvenes, las y los ancianos. La envergadura de la actual crisis civilizatoria no solo pone en cuestión nuestros logros de más de medio siglo de feminismo en el mundo, los fragiliza y puede evaporarlos, puesto que pone en cuestión toda la armazón social y política sin que sea visible un nuevo proyecto.

El desmoronamiento de la confianza en la institucionalidad es ya preocupante. Ello, aunque sabemos que los cambios más importantes son aquellos que se asientan en la conciencia humana como bien dijese, en su momento, Kate Millett (1975/1995). Puesto que la conciencia no es una ley que pueda ser abolida ni una institución que pueda ser desmantelada. Pero es también cierto que los retrocesos en la configuración de la vida social no auguran beneficios para los derechos y la vida. Tampoco para una autoconciencia y autonomía femenina, en términos históricos, muy reciente.

Sobre la crisis civilizatoria se ha reflexionado e investigado mucho. Plenos de miradas androcéntricas, en la mayoría de tales documentos sobre futuros alternativos, casi no hay problematización sobre qué será de la condición femenina, qué será de la niñez o de la vejez, nada. Por lo cual, y aunque no sea posible citar o resumir todo lo producido, he privilegiado enfocar que aquellos estudios que avizoran prospectivamente el futuro post crisis mientras, y hay que reiterarlo, casi ninguno indaga sobre los elementos que configurarán la vida social, sus estructuras y sujetos. Así en 1982 en uno de los libros que más me han impactado en los últimos años, su autor describe lo siguiente:

Hoy al comienzo de la penúltima década de nuestro siglo, nos hallamos en un estado de profunda crisis mundial. Se trata de una crisis compleja y multidimensional que afecta a todos los aspectos de nuestras vidas: la salud y el sustento, la calidad del medio ambiente y la relación con nuestros semejantes, la economía, la política y la tecnología. La crisis tiene dimensiones políticas, intelectuales, morales y espirituales. La amplitud y la urgencia de la situación no tienen precedentes en la historia de la humanidad. Por primera vez, el hombre ha de enfrentarse a la posibilidad amenazadora y real de extinguirse de la faz de la tierra junto con la vida vegetal y animal […] Incluso dejando de lado el peligro de una catástrofe nuclear, el ecosistema global y la posterior evolución de la vida en el planeta se hallan seriamente comprometidos y abocados posiblemente a un desastre ecológico en gran escala. (Capra, 1982, pp. 21-23).

Desde el momento en que su libro se publicó, Capra —físico teórico y pensador— fue tachado de apocalíptico, profeta de la destrucción, filósofo y diletante new age entre otros no menos graves insultos. En el libro se permitió hacer al inicio una larga reflexión sobre el proceso de construcción de la racionalidad moderna y sus coordenadas newto-cartesianas. Analizando las visiones sobre el cambio histórico formuladas por Arnold Toynbee, Herbert Spencer y Pitirim Sorokin; Capra concluyó que ya desde la octava década del siglo xx la humanidad había entrado en un ciclo de cambio profundo ya antes producido en la historia de la especie. Sin ser apocalíptico, su pronóstico era cuando menos bastante poco optimista. Sin embargo, a mi juicio, lo más grave de sus apreciaciones reside en el momento en que afirma lo que llamó “impotencia de los expertos” y dice:

Examinando los orígenes de nuestra crisis cultural se torna evidente que la mayoría de nuestros principales filósofos utilizan modelos conceptuales anticuados y variables irrelevantes. También está claro que un aspecto significativo de nuestro “callejón sin salida ideológico” es el hecho de que entre los prominentes intelectuales entrevistados por el Washington Post no había ninguna mujer […] Estudios realizados sobre los períodos de transformación cultural de varias sociedades han demostrado que estos cambios suelen ir precedidos de varios síntomas sociales, muchos de los cuales están presentes en la crisis actual. Estos síntomas incluyen el sentimiento de alienación, el aumento de las enfermedades mentales, de los crímenes violentos, de los trastornos sociales y del interés por los cultos religiosos. Todos estos indicadores han sido observados en nuestra sociedad durante la última década. En las épocas de cambio cultural estos síntomas han surgido generalmente de una a tres décadas antes de la transformación central, aumentando en frecuencia e intensidad al aproximarse la transformación y decayendo después de que esta se realiza. (Capra, 1982, pp. 21-23).

Cuando Capra escribía esto aún no se producía la crisis financiera de 2008, China no disputaba hegemonía en el escenario económico, no había aun implosionado el Muro de Berlín y en los Estados Unidos no se habían producido ni el huracán Katrina ni el terrible 11S, pero es interesante y significativo que valorara negativamente la ausencia de intelectuales femeninas en el panel de prospección en tal momento y afirmara, seguidamente, no solo la dificultad de “entender al patriarcado puesto que lo envuelve todo” y estableciera con acierto lo siguiente:

Es el único sistema que hasta hace muy poco tiempo no había sido jamás desafiado abiertamente en la historia y cuyas doctrinas habían tenido una aceptación tan universal que parecían ser una ley de la naturaleza […] El movimiento feminista es una de las corrientes culturales más combativas de nuestro tiempo y sus ideas repercutirán profundamente en nuestra futura evolución. (Capra, 1982, p. 31).

Con gran optimismo declaraba igualmente la “inminente desintegración del patriarcado” en el mismo texto, lo que es significativo que en un momento tan temprano de la crisis se estableciera la condición femenina como uno de los elementos centrales de la larga crisis cultural, junto con la disminución de las reservas de combustible fósiles y con el convulso cambio en el conjunto de los valores culturales. Y aunque no se detiene a examinar las salidas inmediatas a la crisis o al posible colapso, sí muestra luminosamente la importancia profunda de las relaciones intergenéricas para el tejido y posterior evolución de una civilización.

Una perspectiva muy distinta lo es, por ejemplo, la de Eduardo Saxe Fernández quien en Colapso mundial y guerra examina el conjunto de los elementos que progresivamente desarrollan una catástrofe que denomina ecológico-social, y en la que identifica el patriarcado como una de las columnas vertebrales del orden civilizatorio, pero no infiere dentro de tal prospección cómo podrían ser tales futuros alternativos postcrisis global (Saxe, 2005).

También Naomi Klein en La doctrina del shock examina un aspecto muy distinto de tal crisis, los procesos deliberados producidos por los grandes agentes de la implantación del neoliberalismo en el mundo y la consciente creación de situaciones imposibles —de crisis, sostiene— en las dimensiones económicas y sociales de diversos países, sobre todo los periféricos, por la vía de políticas sociales restrictivas, pro austeridad para los estados, autoritarismo contra la ciudadanía, en medio de amplias libertades para la circulación del capital y los mercados (Klein, 2007). Con lo que es posible ir esbozando un patrón y el bosquejo de las pensables medidas inmediatas para paliar algunas de las consecuencias más terribles de los momentos de un proceso cada vez más crítico y del trazo de ensayos para enfrentarlo en términos más a largo plazo.

Uno de los esfuerzos teóricos más significativos, para pensar en términos de procesos de desemboque de la crisis global es el realizado por Jorge Beinstein, quien en 2004 trazó lo que llamó escenarios a más largo plazo, que serían el resultado de los primeros años del proceso de agotamiento, y como él mismo dijese sin que ello agotara otras posibilidades:

Primer escenario: horizonte militarizado. Es difícil pero no imposible imaginar […] Juegan a favor de dicha hipótesis varios factores, entre ellos: el enorme peso del complejo militar-industrial estadounidense, la agravación de la crisis mundial (de sobreproducción) y en consecuencia la pelea interimperialista por mercados y abastecimientos de insumos básicos, situaciones regionales o nacionales caóticas en la periferia impulsadas por la crisis global que pueden incitar al Imperio a la realización de aventuras con aparente bajo riesgo, etc.

Segundo escenario: multilateralismo decadente controlado. No incompatible con el primer escenario…Sería el resultado del repliegue estratégico norteamericano (político-militar y económico) causado por una acentuación grave de su crisis…El capitalismo devino en el siglo xx en una verdadera civilización planetaria…En suma, el barco mundial del capitalismo se hundiría más o menos armoniosamente arrastrando a su suerte a la mayor parte de la humanidad. […] el peso de la decadencia restaría vigor a las rivalidades interimperialistas.

Tercer escenario: multipolaridad decadente caótica. La crisis de sobreproducción daría saltos cualitativos de gran envergadura que implicarían implosiones de enorme peso global […] Controles centrales claramente insuficientes. Rebeliones y autonomizaciones periféricas prolongadas.

Cuarto escenario (estrechamente asociado al primero): emergencia postcapitalista bárbara. Del caos capitalista global o de su decadencia controlada surgiría una superpotencia militar o varias que establecerían sistemas de dominación internos-externos de tipo autoritario ideológicamente emparentados con el fascismo y con los delirios militaristas de algunos gurús actuales de los halcones norteamericanos (del tipo de Robert Kaplan). Imperios esclavistas o tributarios emergerían de los restos de las grandes implosiones o derrumbes del mundo burgués. Los complejos militares-industriales serían a la vez componentes esenciales del cáncer parasitario que corroe hoy al capitalismo global (resultado de la dinámica de su crisis) y núcleos de recomposición bárbara del mundo. En ese caso Hitler no sería una pieza de museo sino una anticipación del futuro.

Quinto escenario: recomposición humanista. Desde la periferia, desde sus rebeliones exitosas, facilitadas por la decadencia del capitalismo como sistema mundial, emergerían experiencias postcapitalistas fundadas en la igualdad social, el pluralismo de formas democráticas de desarrollo. Es decir, un socialismo de origen periférico que se iría imponiendo con espacio multiforme, de amplio espectro cultural, de recomposición superadora de la civilización burguesa […] recogiendo las lecciones del pasado, sobre todo la gran experiencia de lucha y participación democrática a lo largo del siglo xx de millones de habitantes del mundo subdesarrollado, avanzaría por el camino de la superación de las sociedades de opresión… La humanidad esclavizada de la periferia, gigantesca masa proletaria global, sería el lugar histórico de la abolición del capitalismo, vanguardia de una nueva era de libertad. (Beinstein, 2004, pp. 5-7).

A pesar del intento de Beinstein de establecer un posible escenario solidario con la humanidad y optimista respecto al futuro, es claro que todos los cálculos predicen la mayor posibilidad de escenarios, de la barbarie como futuro más probable. Y en ninguno de ellos los derechos humanos, la ciudadanía y la eticidad parecen ser centrales. En tales casos es factible suponer que las mujeres no conservaríamos casi o ninguno de los avances materiales, culturales y simbólicos que hemos logrado hasta hoy. Cuando Beinstein escribía esto no habían aparecido en el escenario mundial ni Bolsonaro, ni Vox, ni Duterte, por ejemplo, con todo lo que ellos implican y significan para las mujeres y los derechos.

En otros escenarios, las otras opciones son una nueva especie de medioevo o de neofascismo ninguno de los cuales parecen opciones deseables (Wallerstein, 2002; Berman, 2012; Bauman, 2004; Kourliandsky, 2019). Para la construcción de opciones deseables y en el camino de responder o iniciar el proceso de construir respuestas a las preguntas centrales enunciadas supra, es necesario saber qué de todo lo logrado es irrenunciable, qué debe ser preservado a toda costa, qué elemento de los aparatos políticos, aun en su limitación y estrechez, debe evitarse colapsen y qué elementos de la dimensión económica deben ser cambiados. Es fácil escribirlo y seguramente son opciones de tiempo largo y de gran dureza.

Observar y pensar en un proceso in fieri, haciéndose, existiendo, moviéndose en todas sus direcciones, componentes y contradicciones es fascinante, pero ello no lo hace más fácil, evidentemente se trata de una larga tarea y aquí solo es posible adelantar algunos conceptos centrales para ir avanzando en su conocimiento y en su construcción, desde una perspectiva comprometida con el feminismo.

Una primera cosa evidente es la magnitud, complejidad y extensión de los cambios sociales y al parecer el miedo que convocan en grandes sectores de la población muchas de sus contradicciones. Dicho en breve, el imperio global de la modernidad occidental, del cosmopolitismo, sus valores y modos de vida es resistido con un anhelo fantástico en tanto aumentan la pobreza, las desigualdades estructurales, la incertidumbre sobre el futuro y se extiende la ira y la indignación por flagrantes injusticias, por las escandalosas brechas entre los modos y niveles de vida de pequeñas minorías frente al orden que rige la vida de las mayorías.

Sin pretender simplificar lo que por sí mismo es largo, anudado y complejo, es también un hecho que todo ese proceso ha contribuido —para decirlo tersamente— con el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos de toda laya en todo el orbe, con el restablecimiento de los nacionalismos como opción política y en el profundo nivel de las conciencias individuales, del abandono de la responsabilidad cívica, ética y política para depositar en la deidad suprema, la providencia o sencillamente en dios el destino colectivo. De modo que ya sea que el hito final de la crisis global sea un súbito colapso o un terrible y lento deslizarse de la descomposición de los estados y de la institucionalidad hacia nuevas reorganizaciones sociales, ello pone en manos de los enormes poderes fácticos el futuro, en el que el fundamento principal de la convivencia serán la fuerza, la violencia y el caos.

A lo que contribuyen los medios masivos de la comunicación en todas sus formas. En estos los modos de vida de las élites se exhiben magnificada y banalmente como el ideal a obtener, mientras las carencias, limitaciones y dificultades de la vida de las mayorías solo crecen. Y un intenso malestar social, difuso pero perceptible emerge acompañado del vacío de sentido de la vida, de la sensación de horizonte sin salida y el descrédito de toda la institucionalidad y los partidos políticos, como no se cansan de informarnos los datos de los distintos Latinobarómetros.1

Recurrir al pasado, a la fantasía o a la religión como fuente fundamental de valores y conceptos con que enfrentar esos fenómenos no es nuevo, es parte del proceso de construir desde las fuentes menos progresivas alternativas que ya han pasado del difuso malestar, a la resistencia cultural —a todas las dimensiones de la globalización— hasta llegar al proyecto político que expresa de modo pleno todo este conjunto como se intentó ocurriera en 2018 en Costa Rica y que es ya un hecho en Brasil, por ejemplo, para mencionar solo países de la región. ¿Es ocioso recordar el 30 de enero de 1933 en Alemania?

Es importante enfatizar, que los sectores más oscurantistas no se privan de luchar por el acceso de tomar control del estado, incluso por la vía de las urnas, mientras también ilegitiman sistemáticamente al poder ciudadano como fuente del poder del estado. Una consecuencia profunda es que la democracia como instrumento de la ciudadanía resulta casi inutilizada, solo es objeto de diálogo, de debate, aquello mínimo que no ha sido prestablecido por la religión desde la eternidad.

Ese proceso reactivo, violento, oscuro y que se escuda en la moralidad tradicional, ya tiene una historia fatal para los derechos, libertades y garantías para las personas todas, sobre todo para las mujeres; proceso que, históricamente, las feministas hemos enfrentado solas. La lucha por el carácter laico del estado es ahora más importante que nunca.

Solo se debe recordar que hay hoy nuevos objetos de debate político, hasta hace muy poco lejanos a la cuestión del poder, y que han sido parte de reivindicaciones y demandas feministas que los fundamentalistas han llamado ideología de género. El género no es ideología. Es una categoría importante para la teoría feminista. Denominarlo ideología es la formulación de un disparate que es ahora un recurso instrumental del fundamentalismo para transitar al poder político vía fomentar aún más el miedo. Su propósito es restaurar el orden socavado, reorganizar el mundo a la usanza de lo natural y restituir su crédito al patriarcado. La vuelta atrás, hacia un mundo de mujeres sin derechos, es su proyecto de futuro.

Hoy la crisis global se intensifica, pero los logros del feminismo aún existen. Lo verdadero es que estos cambios, estas transformaciones culturales —que insisto han sido producidas por nuestra acción— son recientes, frágiles e inacabados, y son objeto de grandes resistencias, porque son intensamente significativos. Son de aquella naturaleza que tan bien expresara Jean Genet en su obra El balcón (1956), han sacudido la cámara y la recámara, ya no son solo la representación fraudulenta de lo mismo: donde unos salen del escenario y entran otros y todo parece cambiar para que al final nada realmente cambie. Ellos indican que la cohabitación y la convivencia han dejado de ser solo vida privada, son parte de lo público y en tanto ello son objeto de debate y deliberación. Y su significación política no está ya más en mera penumbra, sino que es parte de discurso y acción. Quienes activamente hoy agitan “por la vuelta al orden” sugieren más que lo que dicen, pero es evidente que en tal proyecto no hay ni igualdad, ni derechos ni libertad para las mujeres.

La crisis civilizatoria global es un hecho y ya sea el futuro el que sea, si se preserva la humanidad, en parte o algo, también es importante preservar aquello del mundo que nos hace humanos, la cultura, el pensamiento, el sentir y pensar, la conciencia crítica en su ser único, aquello que ha surgido por nuestra presencia y hacer en el planeta. Y para preservar eso recordaría —muy brevemente— a Bertrand Russell: “Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor” (Russell, 1979, p.18). Y preservarlo también para las mujeres. Pero solo lo podemos hacer nosotras mismas. Al respecto es bueno recordar lo que planteara en Una habitación propia, la inolvidable Virginia Woolf:

Yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama. Pero vive; porque los grandes poetas no mueren; son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne [...] sí vivimos aproximadamente otro siglo —me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos— y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común....si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad [...] entonces, llegará oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado [...] En cuanto a que venga si nosotras no nos preparamos, no nos esforzamos, si no estamos decididas a que, cuando haya vuelto a nacer, pueda vivir y escribir su poesía, esto no lo podemos esperar, porque es imposible. Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena. (Woolf, 1986 pp. 156-157).

Epílogo: reflexiones en el verano de la pandemia

Corregía algunas imprecisiones en este documento cuando cayó sobre nosotras, sobre la humanidad la actual pandemia. Rompiendo en pedazos toda la vida cotidiana —aquella dimensión del orden social que Agnes Heller llamara “sótano de los cambios históricos” (1977, p. 91)— agudizando todas las tensiones, exacerbando todas las contradicciones, evidenciando, más si cabe, la profundidad de intensas desigualdades y haciendo salir a la superficie profundos significados de gestos mínimos antes opacos, para millones de seres humanos.

Cayó, principalmente sobre miles de millones de mujeres. Desde profesionales, trabajadoras y amas de casa implicó la vigilancia directa del poder patriarcal y para muchas significó la simultaneidad de todos los trabajos y mandatos de la subordinación genérica. Y para muchas el confinamiento con sus agresores. Todo ello en el marco general expresado en este texto, la crisis civilizatoria. El mundo no saldrá de ello como entró. No resultará indemne de todo esto, ojalá podamos encontrar las fisuras y los tiempos para conservar lo ya obtenido —en términos de derechos, libertades y garantías— pero también para hacer eso que nos propusimos siempre las feministas latinoamericanas, cambiar la vida.

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1 La corporación Latinobarómetro es una ONG sin fines de lucro con sede en Santiago de Chile que investiga el desarrollo de la democracia, la economía y la sociedad en su conjunto, usando indicadores de opinión pública que miden actitudes, valores y comportamientos. Los resultados son utilizados por los actores sociopolíticos de la región, actores internacionales, gubernamentales y medios de comunicación. Latinobarómetro es un estudio de opinión pública que aplica anualmente alrededor de 20.000 entrevistas en dieciocho países de América Latina representando a más de 600 millones de habitantes. Sitio web: www.latinobarometro.org.

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