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Cuando la cientificidad económica postula su propia subversión: el lugar del conflicto social en la economía política de Adam Smith

Where Economic Scientificity Postulates its own Subversion: the Scenes of Conflict in the Political Economy of Adam Smith

Anders Fjeld

Université Paris Diderot-Paris 7, Francia

Resumen Discuto la manera en que la cientificidad que caracteriza a la economía política de Adam Smith exterioriza el conflicto social para sostener la objetivación del campo social en términos de leyes regulativas. Argumento que esta exteriorización es un punto de subversión interno que no solamente resiste a la objetivación económica, sino que empuja a Smith a emplear estrategias políticas que a la vez contradicen y garantizan la cientificidad de su teoría. Muestro cómo el lugar del conflicto en la economía moderna, según Smith, puede ser determinado de tres modos distintos: un lugar concreto en las confrontaciones entre trabajadores y capitalistas; un lugar teórico como disturbio arbitrario de la organización espontánea del mercado; y un lugar que, en tanto que cruce entre la naturalización económica y la contingencia social, problematiza la cientificidad de la economía política de Smith. Indago en este sentido tres casos en donde Smith invoca una circularidad argumentativa que revela la política paradójica de su cientificidad económica, más allá de la política oficial de laissez-faire que la caracteriza: la coerción estatal, el poder monetario y la competencia capitalista.

Palabras clave Economía política; Conflicto social; Cientificidad; Adam Smith, Economía moderna.

Abstract I discuss how the scientificity characterizing Adam Smith’s political economy has to exteriorize social conflict in order to sustain its objectivation of social interaction in terms of regulative laws. I claim that this exteriorization constitutes an internal point of subversion, not only because it resists economic objectivation, but first and foremost because it forces Smith to employ political strategies that both contradict and guarantee the scientificity of his theory. I show how the place of conflict in modern economy, according to Smith, can actually be determined in three different ways: as a concrete place when it comes to the confrontations between workers and capitalists; as a theoretical place in the sense of being an arbitrary disturbance of the spontaneous organization of the market; and as a place that, as being the intersection between economic naturalization and social contingency, problematizes the scientificity of Smith’s political economy. In this sense, I develop three cases where Smith invokes an argumentative circularity that reveals the paradoxical politics of his economic scientificity, beyond its official laissez-faire politics: State coercion, monetary power and capitalist competition.

KeyWords Political Economy; Social Conflict; Scientificity; Adam Smith; Modern Economy.

Recibido received 12-12-2016

Aprobado approved 08-05-2017

Publicado published 30-06-2017


En los manuales de economía política ortodoxa, parece que los conflictos sociales no tienen ninguna importancia estructural en el análisis de la vida económica de una sociedad. Si se los reconoce, es como disturbios externos o como accidentes arbitrarios de un sistema económico cuyo funcionamiento es determinado por leyes regulativas. Esta “exteriorización” del conflicto caracteriza al liberalismo desde Thomas Hobbes y su polarización entre la guerra de todos contra todos y el poder absoluto del Estado con su monopolio de la violencia. Si, para Hobbes, la exteriorización del conflicto social constituye un verdadero problema político, parece que, para Adam Smith —padre de la economía política— este problema es marginal, pero no es por eso suprimido. Smith encuentra un conflicto irreductible en la economía moderna: el conflicto de clase entre capitalistas y trabajadores para determinar el nivel del salario. Queremos mostrar aquí cómo el lugar de este conflicto, en su pensamiento, es particularmente ambiguo y problemático: se trata de una intersección paradójica entre su objetivación científica del campo social y lo que resiste a esta objetivación, entre lo que su teoría a la vez postula y no puede integrar a su orden científico. Para sostener la cientificidad de su teoría, Smith tiene entonces que hacer intervenir, en su texto, una serie de estrategias políticas no-científicas para probar que el conflicto social no puede tener incidencia sobre la vida económica.

Proponemos volver en este sentido a la Riqueza de las naciones (Smith, 1776/1996) con tres objetivos: a) determinar cómo opera la exteriorización del conflicto social; b) examinar cómo esta exteriorización está ligada a —o incluso condiciona a— la purificación del saber económico (la reducción de la vida económica de una sociedad a leyes regulativas); c) mostrar cómo el conflicto social constituye un punto de subversión interno a su pensamiento, y esto porque resiste radicalmente a la naturalización del mercado y la cientificidad del saber económico de Smith.

Para entender el lugar paradójico y problemático del conflicto social en la economía de Smith —en tanto problema que su teoría a la vez postula como necesario y no puede resolver—, hay que mostrar cómo en su pensamiento operan una serie de sobredeterminaciones teóricas que oscilan entre la cientificidad económica, que objetiva el campo social como un sistema de leyes inmanentes, y la irreductible contingencia social, que no se deja inscribir en —que resiste a— esta objetivación. De acuerdo con Smith, se debe controlar la contingencia social para obligarla a que se corresponda con los postulados de la objetivación científica. Esto evidencia la política paradójica de la cientificidad económica, más allá de la política superficial del laissez-faire: las sobredeterminaciones teóricas ocultan las estrategias políticas que fuerzan al campo social a corresponderse con su objetivación científica.

Contextualización exegética

Para clarificar el sentido de nuestra argumentación es útil definir cómo esta se distingue de dos tendencias dominantes en las lecturas contemporáneas de Smith: de un lado, el mero rechazo de su teoría, o bien por su complicidad con la dominación capitalista, o bien por la manera en que su ideología liberal informa sus postulados científicos; del otro, la reinterpretación de su teoría económica basada en lo expuesto en Teoría de los sentimientos morales (Smith, 1759/2004) que se opone a la lectura tradicional que de Smith se tiene. Como lo dice Amartya Sen, se opone a la idea tradicional de Smith como “the guru of the market economy: a one-idea man propagating only the excellence and self-sufficiency of the market” (Sen, 2010, p. 52).1

La primera tendencia rechaza la teoría de Smith por su idealización del capitalismo naciente. Muestra cómo Smith le atribuye una prehistoria lógica y pacifista que invisibiliza los conflictos, las violencias y las guerras que han fundado la economía moderna: el colonialismo y sus flujos de oro y de trabajo esclavizado; las leyes de vagabundeo y los campos de trabajo;2 los enclosures y la privatización de las tierras; el control de mujeres bajo el régimen de trabajo asalariado masculino;3 el endeudamiento de las monarquías en las guerras intra-europeas y su importancia en el crecimiento del mundo financiero.4 Aceptamos en este sentido la crítica de Marx, según la cual, la visión histórica de Smith es una retrospección idealizada de las dinámicas que busca valorizar en su presente, en el capitalismo naciente (Marx, 1867/1985b, 1857/1989). Aceptamos también, como lo argumenta David Graeber (2013), que su concepción de las sociedades primitivas —como base conceptual de las dinámicas históricas que constituyen el progreso y que explican la necesidad del capitalismo— es una ficción que no se corresponde con ninguna realidad histórica.5

Sin embargo, consideramos que el hecho de aceptar la validez de estas críticas no conduce necesariamente a un simple rechazo del pensamiento de Smith. Buscamos más bien examinar y evaluar la manera en que Smith se enfrenta al capitalismo naciente por medio de una cientifización del campo social que postula la existencia de leyes regulativas. Esto nos permite identificar lo que resiste a esta cientifización en su propia teoría —es decir, lo que Smith no logra totalizar, absorber—, lo cual da cuenta de que su teoría es una intervención estratégica en una realidad social que le excede. Proponemos entonces un doble movimiento: indagar sobre la economía política como un pensamiento que interioriza las condiciones sociales de su propio discurso —por medio del postulado del campo social como un campo de leyes regulativas que esta ciencia “descubre”—; y analizar las tácticas de fuerza que emplea frente a las limitaciones internas de su propia cientificidad.

Aunque las críticas mencionadas subrayan la importancia de pensar la teoría de Smith como una intervención estratégica que tiene sus propios límites, tratan el carácter de esta intervención, o bien como un mero reflejo ideológico del capitalismo (Marx), o bien como una ciencia social que proyecta sus propias realidades conforme a su ideología liberal e individualista (Graeber). Nos parece que el problema de la cientificidad como estrategia de intervención es más profundo por dos razones: comporta su propia política y abona hasta hoy la disciplina de la economía política. No se trata entonces, aquí, de rechazar su teoría por sus impases internos, o de reducirla a un mero reflejo de los desarrollos históricos del capitalismo. Buscamos, más bien, identificar los efectos políticos de esta en tanto que pretende constituirse en un discurso científico, y esto, por lo que resiste, y por lo que tiene que forzar, dentro de su propia discursividad.

La segunda tendencia exegética consiste en proponer una reinterpretación de la teoría económica de Smith argumentando que su libro anterior, la Teoría de los sentimientos morales, constituye un suplemento necesario para entender el propósito político de la Riqueza de las naciones (ver por ejemplo Darwall, 1999). Esta tendencia se opone a la idea común de que la Riqueza de las naciones teoriza la auto-suficiencia de las dinámicas económicas en lo que concierne a su capacidad de engendrar una sociedad buena y justa. Todo lo contrario, argumenta que Smith teoriza más bien los límites de estas dinámicas y, en consecuencia, la necesidad de suplementarlas por otros registros. Como dice Amartya Sen:

Even as Smith’s pioneering investigations explained why (and particularly how) the dynamism of the market economy worked, they also brought out the support that the markets need from other institutions for efficacy and viability. He identified why the markets may need restraint, correction, and supplementation through other institutions for preventing instability, inequity, and poverty. (Sen, 2010, p. 52).6

Esta tendencia busca, por ende, renovar la teoría económica de Smith de dos maneras complementarias. Primero, rechaza la idea de que el interés propio puede constituir el único motivo de la acción económica, y desafía así desarrollos importantes en las teorías de elección racional y de juegos, cuyo precursor es Smith (por ejemplo Macpherson, 1962, Stigler, 1987). Busca así reteorizar la racionalidad humana tomando en cuenta también otros motivos de acción, cuestionando la epistemología de la economía política por una reevaluación de su concepción de la subjetividad humana. Esto se conecta a la segunda renovación: mostrar que Smith no busca pensar una teoría económica “pura” conforme al liberalismo económico, sino que propone desarrollar un fundamento moral para este liberalismo —lo que Ryan Patrick Hanley llama una ética de la virtud (2009)—. Este punto lleva a reevaluar el papel de las instituciones frente a las dinámicas económicas: no son más relegadas a los márgenes del libre mercado, sino que tienen que intervenir activamente en su seno para subsanar sus carencias y combatir sus desequilibrios.

Nuestra aproximación a Smith se distingue de esta tendencia exegética de dos maneras.

Primero, se concentra en un problema específicamente económico de la obra de Smith que no se puede introducir en el registro moral. Este problema se abre en su análisis estructural de la economía moderna: el conflicto social que se genera por las relaciones de clase concernientes a la determinación del nivel del salario. Smith no evita este problema. Lo enfrenta, pero con medios estratégicos “extra-económicos” que contradicen su propia teorización de las dinámicas económicas mercantiles. Contrariamente al mismo Smith, la tendencia exegética no solamente evita este problema, sino que lo oculta a causa de presuponer que el registro moral debe contemplar todos los problemas sociales generados por las dinámicas económicas. Dicho de otra manera, el conflicto social, que en Smith es irreductiblemente económico, se reduce en esta tendencia exegética a mero síntoma de malas dinámicas económicas que las instituciones tienen que subsanar. El desplazamiento al registro moral equivale así a despolitizar al conflicto social quitándole su capacidad de problematizar, y, potencialmente, de transformar la estructura económica misma —a diferencia de Smith, que justamente se enfrenta a esta capacidad como un problema que se debe resolver a fin de estabilizar las leyes económicas—.7 En última instancia, esta tendencia exegética reduce estos conflictos a meros disturbios y propone que únicamente la gestión institucional y la moralidad individual pueden realmente resolver los problemas que causan estos disturbios.

Segundo, estas lecturas proponen una repartición de tareas entre los registros económico y moral que acepta la cientificidad de la teoría económica de Smith. Argumentan que esta necesita una reorientación para que tome en cuenta no meramente el interés propio de los individuos sino también “[Smith’s] extensive discussions of the role of other motivations that influence human action and behaviour” (Sen, 2010, p. 55).8 No obstante, aceptan la cientificidad misma en tanto que discurso que define las leyes regulativas de las dinámicas económicas cuyos límites y fallas abren el espacio de intervención de las instituciones (el registro moral). La cientificidad funciona así como la matriz objetiva que define los problemas de los cuales debe hacerse cargo el registro moral. Nuestro propósito es diferente: consiste en polemizar los efectos políticos de la cientificidad misma, que es una cuestión previa a la distinción operacional entre los registros económico y moral de estas lecturas.

Por lo tanto, nuestra lectura de Smith no se distingue meramente de estas, sino que ataca un problema que “precede” la conexión que buscan establecer entre la Riqueza de las naciones y la Teoría de los sentimientos morales, es decir, el conflicto social que se postula a partir de, y no se puede resolver por, la cientificidad de la economía política.

La sociedad primitiva como base conceptual

El conflicto social, en el pensamiento de Smith, no existe sino a partir de un estado avanzado del progreso histórico. Se inicia cuando la división de clases interviene en la historia humana, en donde cada clase es determinada por uno de los tres rendimientos que estructuran la economía moderna: renta (tierra; terratenientes), beneficio (capital; capitalistas), salario (trabajo; trabajadores). El conflicto se produce por la interdependencia de las dos últimas clases, dado que “los trabajadores desean conseguir tanto, y los patronos entregar tan poco, como sea posible. Los primeros están dispuestos a asociarse para elevar los salarios, y los segundos para disminuirlos” (Smith, 1776/1996, p. 110). Tal conflicto no puede existir en lo que Smith concibe como la sociedad primitiva de la humanidad, simplemente porque no hay división de clases, solo hay individuos que producen para satisfacer sus necesidades y que intercambian su eventual sobreproducción en un mercado de trueque. Todo conflicto sería extra-económico, como un disturbio externo que no concierne al tejido económico como tal. Es un punto general en el pensamiento de Smith: la vida económica no implica ni depende de ningún conflicto en su estructuración y reproducción; funciona de manera óptima cuando nada la “perturba”. Es por eso que la irreductibilidad del conflicto en la economía moderna constituye un problema importante: a causa de sus propios postulados teóricos, Smith tiene que mostrar que este conflicto permanente en el seno de la estructura económica moderna no encarna ninguna dinámica estructurante. Para entender las coordenadas de este problema interno, vamos a desarrollar varios aspectos de su pensamiento: la ausencia del conflicto en la sociedad primitiva; el progreso histórico por los mecanismos de la división del trabajo; la división de clases y su conflictividad en la economía moderna; la organización espontánea y natural, así como los fundamentos conceptuales de la política estatal del laissez-faire.

En primer lugar, hay que entender para qué sirve la idea de la sociedad primitiva en su pensamiento y por qué, para nosotros, sus comentarios marginales sobre esta sociedad son tan importantes. La sociedad primitiva tiene dos funciones. Primero, constituye una base conceptual de elementos axiomáticos para su estudio de la economía moderna. Dicho de otra manera, la sociedad primitiva funciona como una simplificación con respecto a la complejidad de la economía moderna, y permite entonces identificar los elementos básicos de esta. No se trata entonces de una historiografía de los pueblos primitivos, sino de una suerte de simulación por simplificación que permite definir las coordenadas básicas de la vida económica en general. Segundo, es un “punto de partida” que permite identificar los mecanismos del progreso histórico que han hecho a la economía moderna más compleja, más “desarrollada”.

En su idea del funcionamiento económico de la sociedad primitiva —que, para insistir, funciona como base conceptual de la economía moderna—, Smith presupone cuatro axiomas.

1) La sociedad se compone de individuos que producen, no para satisfacer las necesidades colectivas de la comunidad, sino meramente para sí mismos, para sus propios intereses y necesidades.

2) Este individualismo axiomático permite naturalizar la propiedad privada como una relación incuestionable entre el individuo y los productos de su trabajo (propiedad privada como derecho natural). Como el mismo Smith dice: “en el estado original de cosas que precede tanto a la apropiación de la tierra como a la acumulación del capital, todo el producto del trabajo pertenece al trabajador” (1776/1996, p. 108).

3) A la naturalización de la propiedad privada, Smith vincula la posibilidad y el deseo de sobreproducción, es decir, de trabajar para producir bienes con otro destino distinto a la satisfacción de las propias necesidades. El individuo, por el derecho natural que tiene sobre su propia sobreproducción, se vuelve entonces naturalmente comerciante de bienes. Estos son los fundamentos de la antropología smithiana: existe en “todos los seres humanos y no aparece en ninguna otra raza de animales” una “propensión a trocar, permutar y cambiar una cosa por otra” (1776/1996, p. 44).

4) Los individuos productores-comerciantes se encuentran entonces en un mercado de trueque en donde intercambian bienes. El valor, que permite medir cuántos bienes X pueden intercambiarse por cuántos bienes Y, se constituye por una evaluación de la pena del trabajo (tiempo, destreza, riesgo, etc.) en la producción de cada bien. “El precio real de todas las cosas, lo que cada cosa cuesta realmente a la persona que desea adquirirla, es el esfuerzo y la fatiga que su adquisición supone” (Smith, 1776/1996, p. 64).

La sociedad primitiva se caracteriza entonces por una “igualdad primitiva” entre individuos productores-comerciantes que satisfacen sus propias necesidades antes de llevar sus bienes “sobreproducidos” al mercado de trueque. En el mercado, la evaluación colectiva de la pena de trabajo constituye la fuente del valor que garantiza la equidad de los intercambios. En esta sociedad, no hay entonces ninguna relación de dependencia, ninguna dominación, ningún desequilibrio; se caracteriza por una organización espontánea y natural, y no tiene entonces por qué conocer el conflicto. El despotismo, o lo que Marx llama el modo asiático de producción, no sería sino un desvío histórico, una perversión de las dinámicas naturales del orden económico espontáneo. Sin embargo, los primitivos, para Smith, son bastante pobres. Su máxima capacidad de producción procura poca riqueza. Viven en condiciones básicas porque su organización del trabajo es individual, y entonces poco eficaz.9

Aunque, para Smith, esta pobreza constituye un punto de partida para las dinámicas históricas del progreso, aún tiene que mostrar cómo los individuos primitivos podían y querían dinamizarlo. Más precisamente, tiene que desarrollar dos ideas conjuntamente: de un lado, que hay un deseo de enriquecimiento; del otro, que hay mecanismos que estos individuos pueden desarrollar para enriquecerse.

La explicación de Smith con respecto al deseo de enriquecimiento presupone, justamente, lo que hemos definido como la naturalización de la propiedad privada y la antropologización del intercambio. El individuo tiene un interés en sobreproducir porque esto le permite procurarse bienes diferentes aquellos que él produce. La sobreproducción es entonces una dinámica colectiva entre los individuos —si soy el único que sobreproduce, no encontraría en el mercado otros bienes para intercambiar, me quedaría con un stock muerto—.

El progreso histórico, para Smith, consiste en los mecanismos que dan realidad e intensifican este deseo colectivo. Dado que pueden procurarse los bienes que necesitan en el mercado, los individuos descubren que, si se especializan en su propia producción, pueden de hecho aumentar su capacidad productiva.

En una tribu de cazadores o pastores una persona concreta hace los arcos y las flechas, por ejemplo, con más velocidad y destreza que ninguna otra. A menudo los entrega a sus compañeros a cambio de ganado o caza; eventualmente descubre que puede conseguir más ganado y caza de esta forma que yéndolos a buscar él mismo al campo. Así, y de acuerdo con su propio interés, la fabricación de arcos y flechas llega a ser su actividad principal, y él se transforma en una especie de armero. [...] Y así, la certeza de poder intercambiar el excedente del producto del propio trabajo con aquellas partes del producto del trabajo de otros hombres que le resultan necesarias, estimula a cada hombre a dedicarse a una ocupación particular, y a cultivar y perfeccionar todo el talento o las dotes que pueda tener para ese quehacer particular. (Smith, 1776/1996, p. 46-47).

Cuando todo el mundo se especializa, la productividad global aumenta y la sociedad entera se enriquece. Dos dinámicas recíprocas explican, entonces, el progreso histórico: especialización productiva e interdependencia mercantil. Es el fundamento de lo que Smith llama la división del trabajo. Y este fundamento —dado que se trata de un enriquecimiento de la sociedad entera que lleva los individuos a entrar cada vez más en relaciones de interdependencia equitativa— excluye de la vida económica todo lugar de conflicto, así como de violencia, de desequilibrio y de injusticia (se trataría de fenómenos extra-económicos o disturbios arbitrarios). El deseo colectivo natural de sobreproducción se vincula con una especialización laboral individual que permite intensificar globalmente la capacidad productiva del tiempo de trabajo, lo que a la vez resulta en y exige un crecimiento constante del mercado de trueque: resulta en este crecimiento porque cada uno, dada su especialización, trae más bienes al mercado; exige este crecimiento porque cada individuo, en su especialización, se priva de su auto-suficiencia y depende cada vez más de otros productores para satisfacer sus necesidades a través del mercado. La idea de Smith es entonces que las dinámicas económicas naturales producen un bienestar creciente para la sociedad entera, lo que debe seguir vigente en la economía moderna, independientemente de su profunda reestructuración de las dinámicas económicas. Veamos:

La gran multiplicación de la producción de todos los diversos oficios, derivada de la división del trabajo, da lugar, en una sociedad bien gobernada, a esa riqueza universal que se extiende hasta las clases más bajas del pueblo. Cada trabajador cuenta con una gran cantidad del producto de su propio trabajo, por encima de lo que él mismo necesita; y como los demás trabajadores están exactamente en la misma situación, él puede intercambiar una abultada cantidad de sus bienes por una gran cantidad, o, lo que es lo mismo, por el precio de una gran cantidad de bienes de los demás. Los provee abundantemente de lo que necesitan y ellos le suministran con amplitud lo que necesita él, y una plenitud general se difunde a través de los diferentes estratos de la sociedad. (Smith, 1776/1996, p. 41).

La irreductibilidad del conflicto en la economía moderna

¿Cómo se distingue la economía moderna de la sociedad primitiva, según Smith? Esencialmente, de dos maneras: de un lado, por una nueva dinámica de la división del trabajo; del otro, por la introducción de clases.

El primer punto hace referencia a la colectivización del proceso productivo, que asigna a cada obrero unas operaciones técnicas dentro de una cadena colectiva en la fábrica, lo que intensifica la capacidad productiva del tiempo de trabajo. Tal colectivización consiste en varias reorganizaciones del trabajo: una concepción técnica del proceso productivo que lo analiza en términos de operaciones distintas, lo que se vincula también al uso cada vez más masivo de máquinas; la concentración de muchos obreros en el mismo espacio de trabajo (a diferencia de individuos trabajando más o menos autónomamente o en grupos menores); el carácter cada vez más abstracto del trabajo (el obrero ya no necesita saber cómo producir un bien, solo tiene que repetir las operaciones técnicas o administrar las máquinas). Smith no evalúa críticamente las consecuencias humanas de esta transformación profunda de los espacios de trabajo,10 lo que importa es la intensificación de la capacidad productiva del tiempo de trabajo. Karl Marx, en los Manuscritos de 1844, hace justamente una evaluación crítica de las consecuencias de este modo de producción con respecto a los trabajadores, llegando a plantear la tesis según la cual “la división del trabajo es la expresión económica del carácter social del trabajo dentro de la enajenación” (1932/1980, p. 169). El carácter cada vez más abstracto del trabajo se vuelve entonces, para Marx, políticamente determinante, dado que “la miseria brota, pues, de la esencia del trabajo actual” (1932/1980, p. 58).

El segundo punto, que es más importante para nuestra discusión, concierne a la introducción histórica de las clases sociales. Smith no explica ni por qué ni cómo las clases se crean; es, para él, un simple hecho histórico. “Pero ese estado original de cosas en donde el trabajador disfrutaba de todo el producto de su propio trabajo no podía durar una vez que empezó a desarrollarse la propiedad de la tierra y la acumulación de capital” (1776/1996, p. 109). Esta transición de la sociedad primitiva a la economía moderna es un profundo cambio macroeconómico que reemplaza la “igualdad primitiva” entre individuos productores-comerciantes por una jerarquía social organizada por la distribución de capital. De ahí en adelante, se trata, para Smith, de analizar las interrelaciones entre las tres clases: los trabajadores, que reciben salario para su mantenimiento; los capitalistas, que acumulan fondos para la inversión; los terratenientes, que exigen renta por el uso de sus tierras.11

Smith define el precio natural de una mercancía (su valor real) a partir de estos tres rendimientos:

Cuando el precio de una mercancía no es ni mayor ni menor de lo que es suficiente para pagar las tasas naturales de la renta de la tierra, el salario del trabajo y el beneficio del capital destinado a conseguirla, prepararla y traerla al mercado, entonces la mercancía se vende por lo que puede llamarse su precio natural. (1776/1996, p. 97).

¿Por qué precio natural? Smith determina el valor de un bien (su capacidad a ser intercambiado por otros bienes) por sus costos de producción. En la sociedad primitiva, el valor puede determinarse con facilidad, dado que hace referencia al trabajo individual. Subrayamos que la determinación justa del valor es la condición de posibilidad de la igualdad primitiva y de la equidad en las dinámicas económicas. En el caso en que hubiera una valorización desmesurada del trabajo de unos pocos individuos, habría desequilibrios estructurales y el tejido social de interdependencia equitativa se corrompería. Ahora bien, en la economía moderna, con la participación de diferentes clases en el proceso productivo colectivizado, la determinación del valor se vuelve más compleja. La posibilidad de determinar un precio natural (un valor real) en esta complejidad moderna es entonces un desafío particularmente importante para Smith, dado que no puede admitir desequilibrios estructurales en cuanto a la valorización de bienes en el mercado. Su teoría económica depende de esta determinación, solo así puede transponer la justicia económica y el bienestar creciente de la división del trabajo individual de la sociedad primitiva, a la economía moderna, que reemplaza la igualdad individual por la jerarquización de clases y que disuelve la fuente atómica del valor (el trabajador individual) por una colectivización del proceso productivo.

¿Cómo pretende entonces Smith, con la idea del precio natural, establecer una valorización justa que logre proteger la interdependencia equitativa de las relaciones mercantiles y que impida en consecuencia desequilibrios estructurales del mercado? En sus palabras, cuando “el precio de una mercancía no es ni mayor ni menor de lo que es suficiente para pagar las tasas naturales de la renta de la tierra, el salario del trabajo y el beneficio del capital” (Smith, 1776/1996, p. 97). Pero ¿cómo se establece “lo suficiente”? ¿Y esto en particular con respecto a los trabajadores que no tienen ningún capital ni tierras privadas ni fondos acumulados?

Un hombre ha de vivir siempre de su trabajo, y su salario debe al menos ser capaz de mantenerlo. En la mayor parte de los casos debe ser capaz de más; si no le será imposible mantener a su familia, y la raza de los trabajadores se extinguiría pasada una generación. (Smith, 1776/1996, p. 112-113).

Smith no propone aquí una determinación económica del salario, sino una determinación biológica del nivel mínimo del salario: es el nivel que permite al trabajador, y a la clase trabajadora, reproducirse. Aquí, como antes, Smith naturaliza un componente económico, pero esta vez, ni como simple axioma (como la propiedad privada), ni como hecho antropológico (como la propensión al intercambio), sino como determinación biológica de la participación mínima de una clase económica en la circulación de riquezas.

Esta determinación biológica coincide en el pensamiento de Smith con relaciones sociales de fuerza.

Los salarios corrientes dependen en todos los lugares del contrato que se establece normalmente entre dos partes, cuyos intereses en modo alguno son coincidentes. Los trabajadores desean conseguir tanto, y los patronos entregar tan poco, como sea posible. (Smith, 1776/1996: 110).

Subrayamos dos elementos importantes en lo que dice Smith aquí. 1) El conflicto con respecto al nivel del salario es irreductible en la economía moderna a causa de su división de clases. No se puede resolver; es una tensión permanente entre trabajadores y capitalistas. Aquí se encuentra entonces el lugar del conflicto en la Riqueza de las naciones. 2) Pero este lugar del conflicto es sumamente ambiguo: la determinación biológica del nivel de salario coincide con el interés de la clase capitalista (entregar tan poco como sea posible).12 Ahora bien, la determinación biológica del nivel del salario se corresponde con su parte suficiente en la valorización justa inherente al precio natural. Dicho de otra manera, el precio natural, o valor real, depende del éxito permanente de la clase capitalista frente a los trabajadores para fijar el nivel del salario a lo que corresponde con su determinación biológica.13

Es entonces el poder social de la clase capitalista el que garantiza la serie de naturalizaciones que sostiene la cientificidad económica de Smith, y esto porque asegura que el conflicto social no tendrá ninguna incidencia en la vida económica (excepto como disturbio efímero). El lugar del conflicto en su pensamiento es entonces algo que Smith tiene que contener y controlar, porque representa la irrupción de lo social dentro de su red de naturalizaciones económicas, de leyes objetivas, lo que amenaza con deshacer la cientificidad de su teoría. Cabe subrayar que esta coincidencia entre naturalización científica y poder social capitalista no es una cuestión de “lucha de clases”, sino de los fundamentos de la teoría económica y de su genealogía desde Smith.

Smith tiene que probar, entonces, que el éxito permanente de la clase capitalista es tan incuestionable que no hay por qué cuestionar la naturalidad del precio natural, y que no hay por qué dejarle al conflicto un papel estructurante. Proponemos ahora partir del lugar del conflicto en el pensamiento de Smith para examinar las estrategias que emplea con el fin de defender este éxito permanente. Subrayamos que se trata de estrategias “excepcionales”, es decir, estrategias que no pueden existir sino en un paréntesis en la teoría de Smith, dado que son estrategias sociales que a la vez garantizan y contradicen la naturalidad de sus postulados y la cientificidad de su teoría (que deberían sostenerse por su naturalidad y su cientificidad mismas, y no por un poder social que las impone). El lugar del conflicto es así el punto nodal y excesivo que su economía política debe contener. Solo así puede expulsar por fuera de sí la contingencia de lo social y purificar el saber económico como una ciencia de leyes objetivas.

Contener el conflicto, conjurar la contingencia social

Smith constata que “no resulta, empero, difícil prever cuál de las dos partes se impondrá habitualmente en la puja, y forzará a la otra a aceptar sus condiciones” (Smith, 1776/1996, p. 111). En efecto, hay tres causas principales por las cuales Smith afirma el éxito permanente de la clase capitalista. Proponemos clasificarlas —por razones que explicaremos— como la coerción estatal, el poder monetario y la competencia capitalista. Cada causa contradice otros aspectos naturalizados de su cientificidad económica y revela entonces problemas que la irreductibilidad del conflicto social inflige a su pensamiento.

La coerción estatal

Smith dice:

Los patronos, al ser menos, pueden asociarse con más facilidad; y la ley, además, autoriza o al menos no prohíbe sus asociaciones, pero sí prohíbe las de los trabajadores. No tenemos leyes del Parlamento contra las uniones que pretenden rebajar el precio del trabajo, pero hay muchas contra las uniones que aspiran a subirlo. (1776/1996, p. 111).14

La primera causa del éxito de la clase capitalista sería el hecho de que el Estado toma partido por los patrones y reprime la politización de los trabajadores. Smith lo constata como un mero hecho, y no toma en cuenta la contradicción de esta afirmación con respecto a su propia teoría concerniente a las fronteras entre el Estado y el mercado. Estas fronteras sostienen la política estatal de laissez-faire, que presupone que el mercado tiene dinámicas espontáneas y naturales de tal manera que la intervención estatal no puede sino perturbarlas. Como dice Foucault:

Le marché est apparu comme, d’une part, quelque chose qui obéissait et devait obéir à des mécanismes “naturels”, c’est-à-dire à des mécanismes spontanés [...], tellement spontanés que si on entreprenait de les modifier, on ne pouvait que les altérer et les dénaturer. [...] C’est bien le mécanisme naturel du marché et la formation d’un prix naturel qui vont permettre – quand on regarde, à partir d’eux, ce que fait le gouvernement, les mesures qu’il prend, les règles qu’il impose – de falsifier et de vérifier la pratique gouvernementale. (2004, p. 33).15

Según Smith, el Estado tiene que ser desinteresado frente a las dinámicas mercantiles; se trata de delimitar su práctica gubernamental frente a, como lo dice Foucault retomando a Bentham, “le partage [...] entre agenda et non agenda, les choses à faire et les choses à ne pas faire” (2004, p. 14).16 Al mismo tiempo, Smith afirma que el Estado tiene que intervenir activamente con respecto al conflicto entre capitalistas y trabajadores, apoyando a los patrones. Contrariamente a su política de laissez-faire, interviene aquí de manera interesada en las relaciones económicas —en este conflicto que no se deja absorber por, y que resiste a, la organización espontánea del mercado—. Hace agenda de lo que, según su propia racionalidad, debería ser no-agenda.

La condición de posibilidad del desinterés estatal —de su política de laissez-faire con respecto a las dinámicas mercantiles— es la suposición de la auto-organización espontánea y natural del mercado. Pero, paradójicamente, para poder actuar a partir de esta condición de posibilidad, el Estado tiene que forzar esta “naturalidad”, tiene que establecer y mantener sus propias condiciones de acción, y esto por una fuerza de coerción contra toda no-conformidad a esta naturalidad, a estas condiciones; es decir, contra la pertinencia misma del conflicto entre trabajadores y capitalistas. Si la lógica conceptual es circular, no lo es como una contradicción o un pleonasmo. Se trata de la circularidad funcional de una fuerza coercitiva: el Estado crea las condiciones de su propia racionalidad estatal.17 Estas condiciones consisten, para Smith, en la presuposición de su propia exterioridad con respecto a la auto-organización natural del mercado —toda su “agenda”, a partir de su política de laissez-faire, se piensa a partir de esta exterioridad— y, justamente, para poder presuponer su propia exterioridad, el Estado tiene que reprimir las fuerzas sociales que contradicen la naturalidad del mercado (esto es válido también para el reparto de tareas entre registros económico y moral o institucional, como lo discutimos al comienzo). Es una paradoja funcional en el pensamiento de Smith: la irreductibilidad del conflicto social significa que el Estado solo puede sostener su propia racionalidad a partir de un aparato represivo permanente que impone socialmente las presuposiciones “naturales” de esta misma racionalidad.

El poder monetario

La moneda, para Smith, no es simplemente neutral, como si fuera solo un medio de intercambio de bienes. El autor le confiere a la moneda, en tanto que reserva del valor, un poder, pero piensa este poder como estrictamente mercantil. En sus palabras:

Como afirma Hobbes, riqueza es poder. Pero la persona que consigue o hereda una fortuna, no necesariamente consigue o hereda ningún poder político, sea civil o militar. Puede que su fortuna le proporcione medios para adquirir ambos, pero la mera posesión de esa fortuna no proporciona necesariamente ninguno de ellos. Lo que sí confiere esa fortuna de forma directa e inmediata es poder de compra, un cierto mando sobre el trabajo, o sobre el producto del trabajo que se halle entonces en el mercado. Y la fortuna será mayor o menor precisamente en proporción a la amplitud de ese poder, o a la cantidad del trabajo de otros hombres o, lo que es lo mismo, al producto del trabajo de otros hombres, que permita comprar o controlar. (1776/1996, p. 65).

En este sentido, Smith afirma que el poder monetario no es un poder político y social, es solo un poder que permite comprar el trabajo de otros (o bien el trabajo acumulado en bienes, o bien el empleo de fuerzas productivas). El poder monetario consiste así en la posibilidad de ahorrarse la “pena del trabajo” a través del trabajo de otros. En este sentido, no se trata de un poder neutral, no es un mero instrumento de cambio, dado que su acumulación significa detentar un poder sobre otros.

Sin embargo, esta no-neutralidad, para Smith, hace referencia únicamente a los intercambios económicos, dentro del mercado. Por fuera del mercado, por fuera de la economía, el poder monetario sí es esencialmente neutral para Smith. No es la encarnación de un poder político o social, y tampoco encarna un deseo para tal poder. Smith concede que el poder monetario puede instrumentalizarse para fines políticos, pero en sí mismo es meramente mercantil: el poder monetario pertenece a individuos que no tienen por qué utilizarlo para fines diferentes a los de comprar el trabajo de otros, que es el fin para el que sirve la moneda, según Smith. La cuestión de si el poder monetario se vuelve político o no, es en consecuencia esencialmente contingente, incluso arbitraria. Esta afirmación se sostiene por la autonomía del mercado, es decir, por el hecho de que Smith piensa las esferas de lo político y de lo económico como autónomas, como esferas que funcionan según sus propias reglas y cuyas interferencias son ex post.

Sin embargo, cuando se trata del conflicto entre trabajadores y capitalistas, el poder monetario se vuelve inmediatamente político. Smith dice:

Además, en todos esos conflictos los patronos pueden resistir durante mucho más tiempo. Un terrateniente, un granjero, un industrial o un mercader, aunque no empleen a un solo obrero, podrían en general vivir durante un año o dos del capital que ya han adquirido. A largo plazo el obrero es tan necesario para el patrono como el patrono para el obrero, pero esta necesidad no es tan así en el corto plazo. (1776/1996, p. 111).

Pero, justamente, aquí no se trata de una instrumentalización secundaria de un poder monetario esencialmente mercantil, sino de un poder social y político por el mero hecho de la concentración de grandes reservas de moneda. El poder monetario no consiste meramente en invertir y en comprar, implica también la capacidad de imponer condiciones a partir de lo que se ha vuelto una dependencia universal en la economía moderna: la dependencia de la moneda o, más precisamente, de un flujo más o menos constante de moneda.

Frente al conflicto, el poder monetario se revela entonces como algo que no solamente paga un servicio o un bien, sino que también tiene la capacidad de movilizar estratégicamente, para sus propios fines, la dependencia que otros tienen de las reservas de moneda. Es un poder que estructura las relaciones sociales por su centralización del deseo universal por la moneda. En su propia teoría, Smith parece entonces contradecirse: pretende que el poder monetario sea estrictamente mercantil, pero frente al conflicto aparece como irreductiblemente político. Pero, de nuevo, esta contradicción aparente puede interpretarse como una paradoja funcional: el poder monetario es político en el sentido en que ya estructura las relaciones sociales dentro de las cuales puede simular que no es político, que solamente es mercantil, que únicamente sirve para comprar e invertir. En efecto, la moneda se presenta como universal (disponible para todos), indiferente (sin ningún propietario en particular), inocente (sin destinación específica), libre (sin circulación necesaria), y constituye una condición universal compartida en la economía moderna —todos necesitan moneda, todos desean moneda—. Sin embargo, la moneda siempre tiene dos caras —o tiene a la vez una cara y ninguna cara—. Los flujos “inocentes” de la moneda se estructuran por circuitos, que se traducen en Smith por beneficios y salarios. Pero mientras que el salario corresponde a un circuito de mero consumo, el beneficio corresponde al consumo más la capacidad de inversión, sin posibilidad de delimitar las fronteras entre los dos. Este desequilibrio estructurante de flujos de moneda es lo que confiere al poder monetario su función política, “antes” de afirmarse como simplemente mercantil. El conflicto hace justamente aparecer esta función política, que se esconde en la disponibilidad universal, “inocente” y anónima de la moneda. Funciona exactamente como lo plantea Smith: “el obrero es tan necesario para el patrono como el patrono para el obrero, pero esta necesidad no es tan así en el corto plazo” (1776/1996, p. 111).

La competencia capitalista

La tercera causa del éxito permanente de la clase capitalista es la siguiente:

Los patronos están siempre y en todo lugar en una especie de acuerdo, tácito pero constante y uniforme, para no elevar los salarios sobre la tasa que exista en cada momento. Violar este concierto es en todo lugar el acto más impopular, y expone al patrono que lo comete al reproche entre sus vecinos y sus pares. (1776/1996, p. 111).

Esta vez no es ni la coerción estatal ni el poder monetario, sino la presión mutua entre capitalistas lo que lleva a mantener los salarios en un nivel bajo. Aquí, como antes, Smith no indaga sobre las condiciones económicas de la racionalidad de este acuerdo, de esta presión mutua. Considera que el capitalista es libre para invertir sus fondos de la manera que quiera, y lo único que podría impedir el aumento de los salarios es la moral: evitar cometer “el acto más impopular” (1776/1996, p. 111). En lugar de pensar en una estructuración tendenciosa de la inversión capitalista por las dinámicas mercantiles, Smith concibe esta presión como una suerte de contrato social capitalista, una especie de acuerdo tácito (1776/1996, p. 111). Pero este acuerdo no se configura por una moral compartida, sino por la competencia capitalista, en donde la reducción de los costos de producción no es solo una estrategia para incrementar las tasas de ganancia, sino también una necesidad para vender los bienes a los precios socialmente aceptados.

El problema es similar al del poder monetario. Como hemos visto, Smith considera que este es estrictamente mercantil porque se trata solo de la libertad de comprar y emplear. Sin embargo, “antes” de esta libertad mercantil, el poder monetario ya estructura las condiciones de esta libertad. De la misma manera, Smith piensa que los capitalistas son libres para invertir su capital, y no indaga sobre los movimientos del capital que ya condicionan, por la competencia, la “libertad” de inversión. En este sentido, la idea de una presión moral entre capitalistas sostiene un mito: el de la soberanía de los capitalistas sobre el movimiento del capital (dado que son económicamente soberanos, solo la moral socialmente compartida puede explicar la coincidencia de razonamientos), que resulta necesario para mantener la idea de la auto-organización mercantil: son las relaciones de interdependencia equitativa de tal intercambio las que explican la organización espontánea y natural de la vida económica. Esta ficción excluye la posibilidad de tomar en cuenta las condiciones de competencia, las relaciones de fuerza y los movimientos caóticos del capital que determinan la capacidad de inversión de los patrones. El conflicto social es, de nuevo, el lugar en donde coinciden los presupuestos naturalizados y las contingencias sociales del pensamiento de Smith, y en donde el autor tiene que mesurar estas contingencias para garantizar la cientificidad de su teoría.

De un lado, se encuentra la idea de la coordinación “tácita” por moralidad de los capitalistas, lo que sostiene la ficción de la soberanía de los capitalistas sobre los movimientos del capital. Del otro, a partir del conflicto, los capitalistas aparecen como sobrepasados por las condiciones del capitalismo: no es que inician libremente, con sus fondos acumulados, producciones colectivas que se complementan “naturalmente” en el mercado, en el tejido mercantil de interdependencia equitativa; es que son determinados por los movimientos caóticos del capital, por el estado medio de la tecnología y de la división del trabajo —lo que Marx llamará “le temps de travail nécessaire socialement” [el tiempo de trabajo socialmente necesario] (Marx, 1867/1985a, p. 44)—, y por las estrategias de competencia en la economía moderna.

Conclusión: la política de la cientificidad económica

Consideramos que el lugar del conflicto tiene tres manifestaciones distintas en el pensamiento de Smith. Es, primero, un lugar físico: es en los espacios de trabajo donde se dan los enfrentamientos concretos entre trabajadores y capitalistas, típicamente por huelgas. Dado que Smith busca hacer un diagnóstico del sentido de estos conflictos a partir de su ciencia económica, este lugar concreto del conflicto se vuelve también un lugar científicamente determinado. En segunda instancia, es un disturbio arbitrario —pero también irreductible y permanente en la economía moderna— con respecto a la organización espontánea y natural de las relaciones mercantiles. Sin embargo, como lo hemos visto, el conflicto resiste a esta ambición científica, a esta objetivación del campo social en términos de leyes regulativas. El conflicto ocupa, en tercera instancia, el lugar del cruce decisivo entre la naturalización científica y la contingencia social que la cientificidad económica tiene que contener para sostenerse.

Hemos estudiado sobre todo este tercer lugar, dado que, para contenerlo, Smith tiene que inventar estrategias que a la vez contradicen y garantizan la naturalización científica. Más precisamente, hemos desarrollado las consecuencias de estas contradicciones internas a través del estudio de tres casos: la coerción estatal, el poder monetario y la competencia capitalista. Estos tres casos plantean cada uno el mismo problema general en el pensamiento de Smith. La cientificidad económica naturaliza, como algo objetivamente dado y racionalmente fundamentado, las “reglas del juego” de la vida económica, y concibe entonces a los jugadores como libres. Pero son libres solo a condición de que “aceptan” estas reglas que ya, supuestamente, estructuran su racionalidad y moralidad. El conflicto social contradice esta cientificidad de tres maneras. Primero, en el conflicto no se acepta estas reglas, lo que demuestra que no son objetivamente dadas sino socialmente contingentes y políticamente impuestas (por la coerción estatal, el poder monetario y la competencia capitalista). Segundo, los “jugadores” no tienen estas reglas interiorizadas en su comportamiento “natural”: son condicionados por los poderes que estas imponen, y actúan no meramente a partir de ellas, sino también sobre ellas (especialmente en el conflicto); es decir, sobre las condiciones políticas que la cientificidad económica busca objetivar como leyes dadas. Tercero, la cientificidad económica es así una política fundada sobre una paradoja funcional: se concibe como algo ya objetivamente dado, como algo que ya estructura naturalmente las dinámicas sociales, lo que tiene de hecho que forzar, imponer y mantener como “natural”. En este forzamiento consiste su política. Así, la cientificidad económica es una táctica política. Es desde esta afirmación que me parece importante abordar una genealogía del papel problemático del conflicto social en la economía política, desde Smith hasta hoy.

Referencias bibliográficas

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Notas Notes

1 El gurú de la economía mercantil: un pensador con una sola idea que propaga únicamente la excelencia y la auto-suficiencia del mercado.

2 Para estos dos puntos, ver la sección sobre la acumulación primitiva en Karl Marx, El Capital (1867/1985b, pp. 167-215).

3 Para estos dos últimos puntos, ver Silvia Federici (2014).

4 Para todos los puntos, ver Michel Beaud, Histoire du capitalisme 1500-2010 (2010).

5 David Graeber dice que la idea del mercado de trueque primitivo es “le mythe fondateur de notre système de relations économiques” [el mito fundador de nuestro sistema de relaciones económicas] y que “le problème est qu’il n’y a aucune preuve que les choses se soient passées de cette façon, et qu’une montagne de preuves suggèrent qu’elles ne se sont pas passées de cette façon” [el problema es que no hay ninguna prueba que muestra la existencia de tal mercado, y que hay una montaña de pruebas que sugieren lo opuesto] (2013, p. 39).

6 Aun cuando las investigaciones pioneras de Smith explicaban por qué (y sobre todo cómo) funciona el dinamismo de la economía mercantil, evidenciaban también el apoyo que necesitan los mercados de otras instituciones para su eficacia y viabilidad. Identificaba por qué los mercados pueden necesitar moderación, corrección y sustentación por parte de otras instituciones para prevenir inestabilidad, inequidad y pobreza.

7 Lo que dice Dennis C. Rasmussen sobre cómo se puede entender el problema de la desigualdad económica a partir de Smith nos parece sintomático de la manera en que esta tendencia exegética oculta y despolitiza el conflicto social: “Most of the recent work on the ill effects of economic inequality has focused on how it inhibits economic growth, prevents social mobility, impairs democracy, or runs afoul of some standard of fairness or justice. [...] None of these were Smith’s chief concern. His chief concern, rather, was that extreme economic inequality distorts our sympathies, leading us to admire and emulate the very rich and to neglect and even scorn the poor, which in turn serves to undermine both morality and happiness ” [La mayoría de los trabajos contemporáneos sobre los efectos problemáticos de la desigualdad económica se concentra sobre la manera en que inhibe el crecimiento económico, previene la movilidad social, perjudica la democracia o va en contra de algún estándar de justicia. (...) Ninguna de estas preocupaciones corresponde a la preocupación mayor de Smith: que la desigualdad económica extrema distorsiona nuestras simpatías, conduciéndonos a admirar y a emular a los muy ricos y a descuidar y aun menospreciar a los pobres, lo que en consecuencia mina a la vez la moralidad y la felicidad] (Rasmussen, 2016, p. 342). La mirada de los problemas económicos a través del cristal del registro moral resulta en un enfoque sobre la manera en que los desequilibrios económicos afectan la moralidad del individuo. Esto reduce entonces problemas macroeconómicos (lo que en Smith tiene que ver con su análisis estructural de la economía) a relaciones microeconómicas entre individuos, con la suposición de que la cultivación de la racionalidad moral individual engendraría una buena sociedad, en tanto que conjunto de acciones individuales apuntaladas por instituciones. Como lo dice Rasmussen: “commercial societies do tend to alleviate the great sources of misery that dominated most pre-commercial societies, namely, dependence and insecurity, through the interdependence of the market and the effective administration of justice by the government” [las sociedades comerciales tienden en efecto a aliviar las grandes fuentes de miseria que dominaban la mayoría de las sociedades pre-comerciales, a saber: la dependencia y la inseguridad; a través de la interdependencia del mercado y de la administración efectiva de justicia por el gobierno] (2011, p. 96). Insistir, como haremos aquí, sobre la irreductibilidad del conflicto social al registro moral, significa rechazar la reducción del análisis macroeconómico de Smith (que permite pensar las relaciones de clase a partir de las cuales el conflicto se engendra) a un análisis microeconómico conectado estrechamente a la evaluación moral.

8 Discusiones extensivas [de Smith] sobre el papel de otras motivaciones que influencian la acción y el comportamiento humanos.

9 En La sociedad contra el Estado, Pierre Clastres critica, dentro de la antropología, esta suposición de la economía de subsistencia en las sociedades primitivas, que supone que la ausencia de sobreproducción corresponde a una pobreza insostenible que se explica por una incapacidad técnica. Argumenta que esta suposición es propia de un esquema evolucionista, y muestra que la sociedad primitiva trabajaba poco para satisfacer sus necesidades y quería disponer de su tiempo libre para actividades de placer. Según Clastres, nunca deseaba la sobreproducción. Ver Clastres, La Société contre l’État (1974/2011).

10 Excepto en un comentario marginal en el capítulo sobre la educación, donde afirma que la división del trabajo en la economía moderna puede ser un proceso de embrutecimiento con respecto a los trabajadores: “Un hombre que dedica toda su vida a ejecutar unas pocas operaciones sencillas, cuyos efectos son quizás siempre o casi siempre los mismos, no tiene ocasión de ejercitar su inteligencia [...]. Por ello pierde naturalmente el hábito de ejercitarlas y en general se vuelve tan estúpido e ignorante como pueda volverse una criatura humana. La torpeza de su mente lo torno no solo incapaz de disfrutar o soportar una fracción de cualquier conversación racional, sino también de abrigar cualquier sentimiento generoso, noble o tierno, y en consecuencia de formarse un criterio justo incluso sobre muchos de los deberes normales de la vida privada” (Smith, 1776/1996, p. 717).

11 Las demás clases se comprenden como compuestas de las tres clases esenciales: “Ocurre a veces, empero, que un trabajador independiente dispone de un capital suficiente tanto para comprar los materiales con los que trabaja como para mantenerse hasta que sean elaborados. Es a la vez patrono y obrero, y disfruta del producto completo de su trabajo, o del valor completo que añade a los materiales sobre los que se aplica. Incluye lo que normalmente son dos remuneraciones separadas, pertenecientes a personas separadas, los beneficios del capital y los salarios del trabajo” (Smith, 1776/1996, p. 110).

12 David Ricardo sostiene la misma idea: “[Le prix naturel du travail] est celui qui est nécessaire pour permettre globalement aux travailleurs de subsister et de perpétuer leur espèce sans variation de leur nombre” [El precio natural del trabajo es el que es necesario para permitir globalmente a los trabajadores subsistir y perpetuar su especie sin variación en su cantidad] (1817/1992, p. 114).

13 Sobre este punto, el pensamiento de Smith es mucho más interesante que el de Ricardo, quien trivializa esta lucha, pensando que el precio se fija independientemente de ella y que se trata solo de decidir la parte que vuelve a cada quien según su participación en el proceso de producción. Ricardo radicaliza la distinción entre mercado (precio) y producción (inversión y costos de producción) hasta el punto en que las luchas dentro de la producción son enteramente independientes de las dinámicas mercantiles.

14 También dice: “Se trata de personas desesperadas [i.e. los trabajadores], que actúan con la locura y frenesí propios de desesperados, que enfrentan la alternativa de morir de hambre o de aterrorizar a sus patronos para que acepten de inmediato sus condiciones. En estas ocasiones los patronos son tan estruendosos como ellos, y nunca cesan de dar voces pidiendo el socorro del magistrado civil y el cumplimiento riguroso de las leyes que con tanta severidad han sido promulgadas contra los sindicatos de sirvientes, obreros y jornaleros” (1776/1996, p. 112).

15 El mercado aparece, de un lado, como algo que obedecía, y debía obedecer, a mecanismos “naturales”, es decir, mecanismos espontáneos [...], tan espontáneos que si se intenta modificarlos, solo resultaría en alteración y desnaturalización. […] Es el mecanismo natural del mercado y la formación de un precio natural que van a permitir —cuando observamos, a partir de ellos, lo que hace el gobierno, las medidas que toma, las reglas que impone— falsificar y verificar la práctica gubernamental.

16 La división entre agenda y no-agenda, las cosas que hay que hacer y las que no hay que hacer.

17 Guillaume Sibertin-Blanc desarrolla el concepto de la forma-Estado en Deleuze y Guattari en un sentido similar, argumentando que la forma-Estado es “inconditionné puisqu’il lui appartient de produire lui-même ses propres conditions; ou en termes hégéliens, de poser lui-même ses propres présupposés” [incondicionada porque produce ella misma sus propias condiciones, o, en términos hegelianos, plantea ella misma sus propios presupuestos] (2013, p. 24).

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