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Populismo y revolución pasiva. Sobre “los usos de Gramsci” en América Latina.

Populismo y revolución pasiva. Sobre “los usos de Gramsci” en América Latina.

Populism and Passive Revolution. About “The Uses of Gramsci” in Latin America.

Pablo Pizzorno

Universidad Nacional de San Martin, Argentina

Resumen El ciclo político regional de los últimos años ha reabierto una serie de discusiones que parecían desterradas del campo político e intelectual. Recientemente, frente a la crisis de varias de las experiencias políticas de la región, distintos autores han intentado hacer un balance de este ciclo a partir de una comparación con los populismos clásicos latinoamericanos. Recurriendo a categorías de origen gramsciano, principalmente el modelo de la llamada revolución pasiva, estos análisis ven en la intervención populista una clausura desde arriba de las dinámicas sociales que habrían animado el inicio de estos procesos. Retomando algunos antecedentes de este debate en las ciencias sociales argentinas, este trabajo intenta problematizar la visión de los populismos latinoamericanos —tanto clásicos como actuales— que subyace en dichas miradas y, en ese sentido, propone una relectura de los orígenes del peronismo en relación a estas categorías.

palabras clave Populismo; Peronismo; Gramsci; América Latina.

Abstract In the context of crisis of Latin American populist goverments, some authors have made a comparison between these goverments and classic populisms of the region. Using Gramscian categories, mainly the passive revolution concept, these analyzes see in the populist intervention a closure from above of the social dynamics that would have encouraged the beginning of these processes. Taking up some background of this discussion in the Argentine social sciences, this paper tries to problematize the interpretation of Latin American populisms —both classic and current— that underlies those views and proposes in that sense a review of the origins of Peronism.

Key words Populism; Peronism; Gramsci; Latin America..

Recibidoreceived 02-06-2017

Aprobadoapproved 31-10-2017

Publicadopublished 13-12-2017

Nota del autor

Pablo Pizzorno , Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín y Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina.

Agradezco la lectura y comentarios de Agustín Artese.

Correo electrónico: ppizzorno@gmail.com | ORCID: 0000-0002-5018-3605

Las Torres de Lucca, Nro. 11, Julio-Diciembre 2017, pp. 97-130 . ISSN-e 2255-3827.


La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.

(Marx, 2015, p. 151)

La oleada de gobiernos progresistas que supo atravesar a buena parte de la región parece estar llegando a su fin. Aunque aún es muy prematuro para saber si se trata de un reflujo momentáneo o definitivo, las recientes salidas del poder del Frente para la Victoria (FPV) en Argentina y el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil marcan el cierre de la fase abierta con la asunción de dichos gobiernos a inicios de este siglo. Este retroceso, que se suma a la crisis de la experiencia chavista en Venezuela, ha interrumpido el ciclo de gobiernos que sobrevino a la crisis del modelo neoliberal dominante en la década de los noventa.

Más allá de los interrogantes sobre su futuro, el saldo de la década larga de estas administraciones en el poder ha recuperado una serie de debates que parecían relegados en el campo político e intelectual. Por un lado, una parte central de las polémicas se ha manifestado como entusiastas rechazos o adhesiones en bloque a dichos gobiernos. Allí se reprodujo la intensa politización que acompañó a varias de estas experiencias y que marcó en cada país una férrea controversia entre sus simpatizantes y detractores. Sin embargo, una veta particular de estos debates es la que se generó al interior de los sectores que habían apoyado el ciclo de movilizaciones sociales previo a la llegada de los gobiernos progresistas y que empezó a marcar el cierre de la fase neoliberal.

Al interior de este campo, la forma de caracterizar a las administraciones emergentes reintrodujo discusiones teóricas de larga data en la política latinoamericana. La proliferación de gobiernos genéricamente llamados progresistas, de izquierda o populistas reanimó viejas polémicas entre las tradiciones de izquierda y la nacional-popular, atravesadas ahora por nuevos dilemas y por otros no tan nuevos. En ese sentido, mientras un sector de las izquierdas tomó distancia de estas experiencias, subrayando principalmente sus presuntas líneas de continuidad con la década anterior, otras ensayaron diversos modos de aproximación política.

El propósito de este texto es debatir con algunas de las lecturas recientes del proceso regional que hoy parece en retirada, particularmente con ciertas miradas críticas que interpretan ese período esencialmente como un dique de contención a la radicalización de las masas. Para eso, aquellas perspectivas han recurrido a la noción gramsciana de revolución pasiva, reeditando en buena medida una interpretación canónica de las izquierdas sobre los populismos clásicos latinoamericanos que pone el énfasis en su capacidad regeneradora del orden y en su presunto impacto desmovilizador sobre las iniciativas populares de carácter autónomo. No obstante, la hipótesis de este trabajo es que, a pesar de que efectivamente no puede perderse de vista la veta ordenancista del populismo, la pasivización o desmovilización popular que tiene lugar en el modelo de revolución pasiva no puede ser asimilado a esas experiencias históricas. Para ello, sobre el final, se propondrá un análisis del célebre discurso “transformista” de Perón en la Bolsa de Comercio en 1944 y su posterior desenlace en el marco de los orígenes del peronismo.

Sobre la crítica a los populismos del siglo xxi: la “expropiación de las energías sociales”

La llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela en 1999 inició una ola que se expandió por Sudamérica y cubrió sucesivamente a Chile (2000), Brasil (2003), Argentina (2003), Uruguay (2005), Bolivia (2006), Ecuador (2007) y Paraguay (2008). El primer inconveniente, sin embargo, aparece a la hora de encontrar una denominación común para estos gobiernos. Genéricamente llamados progresistas o de izquierda, algunos de ellos fueron rotulados también como populistas, en una expresión que se difundió tanto de forma condenatoria como positiva.

En un libro reciente, Marcelo Leiras, Andrés Malamud y Pablo Stefanoni (2016) aceptan el rótulo de “izquierda” para referirse genéricamente a estos gobiernos, a falta de un atributo más adecuado para describirlos. Los autores comparten el haber desistido de la noción de populismo para analizar este proceso, cuya proliferación a la hora de analizar estas experiencias se ha extendido, para Leiras, “como una nube venenosa” (2016, p. 13). Como se verá a continuación, el significado de estas categorías no está exento de controversias y su uso varía según la valoración que se haga de cada caso.

El concepto de populismo fue revigorizado en las ciencias sociales de los últimos años, no casualmente en coincidencia con el reciente ciclo político de la región. A pesar de su histórico uso en forma peyorativa, empleado críticamente desde diversas tendencias ideológicas, en la última década surgieron miradas que valorizaron la noción de populismo como modo de participación política de los sectores populares. La referencia ineludible es el aporte de Ernesto Laclau (2005), quien vio en el populismo un mecanismo de articulación de demandas sociales a través de la emergencia de un liderazgo que encarna un proceso de identificación popular. Para Laclau (2005, p. 107), la formación de una identidad populista requiere la división dicotómica de la sociedad en dos campos: a diferencia del discurso institucionalista, que intenta hacer coincidir los límites de la formación discursiva con los límites de la comunidad, en el populismo el pueblo es un componente parcial (la plebs, la parte de los que consideran los menos privilegiados) que se identifica con el todo (el populus, el cuerpo de todos los ciudadanos).

La intervención de Laclau motivó una serie de miradas que acuñaron el concepto de populismo de forma positiva, generalmente en sintonía con el apoyo a los gobiernos sudamericanos de los últimos años, y a la vez en abierta polémica con las lecturas condenatorias que ubican al populismo como un fenómeno opuesto a la democracia. Por su parte, con amplia circulación en los medios de comunicación, el discurso descalificador del populismo entiende a este como enfrentado a la república y a la división de poderes y en general sitúa su crítica desde una perspectiva eminentemente liberal e institucionalista. De este modo, los debates en torno al populismo no pocas veces se resuelven en diatribas a favor o en contra con escaso margen para explorar matices hacia su interior.

No obstante, otro tipo de crítica a los populismos ha sido ensayada al interior del campo contestatario y opuesto a las tentativas de reconstrucción neoliberal. Desde esta corriente, la detracción a los populismos latinoamericanos se concentra en los límites de estas experiencias en el poder y en el señalamiento a su incapacidad de avance en transformaciones de carácter estructural. Desde diferentes variantes, genéricamente podría decirse que, en los últimos años, a la crítica tradicional de la izquierda clásica se han sumado lecturas que hacen hincapié en cuestiones como la denuncia al extractivismo como modelo de desarrollo y en la demanda de autonomía de los movimientos sociales, poniendo el énfasis en la crítica de lo que denominan la matriz neodesarrollista y estadocéntrica de los populismos actuales.

Un reciente libro de Maristella Svampa (2016) se ubica en esta última perspectiva. A través de una rigurosa reconstrucción del estado del arte del debate sobre populismo en las ciencias sociales, la autora recupera dicha noción para dar cuenta del ciclo político que vivió la región en los últimos años y, sobre todo, para diferenciarse del uso de la expresión “giro a la izquierda”. Para Svampa, aquella expectativa generada con la llegada de estos gobiernos finalmente no fue concretada y, en su lugar, más que un giro a la izquierda, lo que hubo fue una proliferación de experiencias populistas.

Dice la autora:

Lejos ya de aquellas caracterizaciones que al inicio del cambio de época aludían a un “giro a la izquierda”, en 2015, la reflexión sobre los populismos realmente existentes en América Latina nos inserta en otro escenario político, más pesimista, que vuelve a traer a luz la tensión insoslayable que los recorre: así, en la actualidad, los diferentes casos nacionales nos advierten sobre las conflictivas relaciones entre los modelos de democracia, sobre las confrontaciones cada vez más ásperas entre gobiernos progresistas y movimientos sociales, sobre las crecientes limitaciones de los proyectos económicos en el marco del neoextractivismo reinante; en fin, sobre las renovadas tentaciones hegemonistas de los regímenes instalados. (Svampa 2016, p. 498).

Más allá de la clasificación sociológica que establece Svampa en su libro para caracterizar los populismos sudamericanos (entre populismos plebeyos para Venezuela y Bolivia y populismos de clase media para Argentina y Ecuador), el análisis descripto hace una lectura general del proceso regional que parte de la premisa del progresivo abandono de sus rasgos iniciales más dinámicos y transformadores. El relato, fuertemente crítico, concluye que

No es lo mismo hablar de una nueva izquierda latinoamericana que de los populismos del siglo xxi. En el pasaje de una caracterización a otra algo importante se perdió, algo que evoca el abandono, la pérdida de la dimensión emancipatoria de la política y marca la evolución hacia modelos de dominación de corte tradicional, basados en el culto al líder, su identificación con el Estado, y en la aspiración de perpetuarse en el poder (2016, p. 502).

En el recorrido que establece Svampa, el populismo es el modelo que emerge ante el abandono de los rasgos vitales transformadores y la pérdida de protagonismo de los movimientos sociales que acompañaron el inicio de estas experiencias políticas. De este modo, en Bolivia, el ala indigenista del gobierno de Evo Morales fue sucumbiendo al ala estatista, “orientada cada vez más hacia un esquema tradicional de dominación, de corte populista” (2016, p. 462). Dicha “inflexión populista” vinculada a la segunda etapa del gobierno de Morales, a partir de 2009/2010, da cuenta de la primacía política de la “narrativa estatalista” por sobre la “narrativa indígeno-comunitaria”, que se vio reflejada en 2011 en el conflicto del TIPNIS por la construcción de una carretera sin consulta a las poblaciones originarias y, en líneas generales, en la cerrada defensa del extractivismo hidrocarburífero que realiza el gobierno boliviano. En definitiva, dice Svampa, “en el marco de la nueva hegemonía nacional-estatal, aquella energía social que abrió a un nuevo ciclo histórico ha ido menguando su fuerza y capacidad transformadora” (2016, p. 463). En tanto, para la autora, los casos argentino y ecuatoriano, a pesar de sus diferencias, coinciden en “una suerte de expropiación/resignificación de la energía social movilizada en favor de un sector dirigente de las clases medias” (2016, p. 473).

La imagen recurrente de las energías sociales expropiadas apunta a un elemento central de esta caracterización de los populismos sudamericanos: la de una obturación del desarrollo autónomo de las fuerzas sociales. En este esquema, que ciertamente acude a lecturas clásicas de la izquierda sobre los regímenes nacional-populares, los populismos cumplen la función de dique de contención de la acumulación política de los sectores subalternos, entregando ciertas concesiones a cambio de mantener el control sobre los dirigidos. En un artículo reciente, escrito junto a Massimo Modonesi, la autora afirma que la consolidación de estos populismos se logró a partir de la desactivación de los movimientos sociales que habían protagonizado la resistencia al neoliberalismo.

En medio del cuestionamiento epocal del neoliberalismo [dicen los autores] una serie de proyectos progresistas supieron controlar y monopolizar lo plebeyo, a través de una política orientada concreta y discursivamente hacia lo social, subrayando su origen “desde abajo” mientras, al mismo tiempo, verticalizaban la relación con los movimientos sociales. (Modonesi y Svampa, 2016).1

El insumo teórico que los autores encuentran para describir este proceso se halla en las nociones de revolución pasiva, transformismo y cesarismo de Gramsci. Para Modonesi, el carácter fundamental de los populismos como revolución pasiva es que, a través de la incorporación de demandas subalternas, estos “promovieron, fomentaron o aprovecharon una desmovilización o pasivización más o menos pronunciada de los movimientos populares y ejercieron un eficaz control social o, si se quiere, una hegemonía sobre las clases subalternadas, que socavó —parcial pero significativamente— su frágil e incipiente autonomía y su capacidad antagonista” (2012, p. 1372). De este modo, el autor defiende una interpretación del concepto de revolución pasiva que no se restrinja únicamente a un proceso de modernización conservadora de carácter elitista —uno de los posibles significados que se verá a continuación— sino que la entiende como “una forma de guerra de posiciones, con vocación y práctica hegemónica, que contiene una componente progresista (y otra regresiva) [sic] y, por lo tanto, puede servir para analizar procesos y fenómenos nacional-populares y populistas en América Latina” (Modonesi, 2016, p. 96).

En ese sentido, el transformismo es visto como la incorporación de organizaciones sociales e intelectuales a las filas de los gobiernos populistas, “en la medida en que elementos, grupos o sectores enteros de los movimientos populares fueron cooptados y absorbidos por fuerzas, alianzas y proyectos conservadores y, en particular, se ‘mudaron’ al terreno de la institucionalidad y de los aparatos estatales”, lo cual redundó en políticas redistributivas “generalmente de corte asistencialista” y en sus “correspondientes procesos de desmovilización y control social o, eventualmente, de movilización controlada” (Modonesi, 2013, p. 222). Esta incorporación es entendida como un mecanismo funcional a la consolidación de “un proceso controlado desde arriba, donde la modificación del sistema de dominación no se traduce en un cambio en la composición de la clase dominante” (Modonesi y Svampa, 2016).

Finalmente, el cesarismo es el otro elemento característico que los autores ven en los gobiernos populistas. Al igual que los populismos clásicos latinoamericanos de los años treinta y cuarenta, “los cuales operaron como solución de compromiso, como forma de temperar y desactivar el conflicto, abriendo una época de revolución pasiva que resultó bastante exitosa” (Modonesi, 2012, p. 1377), los populismos del siglo xxi se basan en los fuertes liderazgos carismáticos para contener a las fuerzas subalternas y evitar cualquier desborde al control gubernamental. Para el autor, este rasgo “remite a un formato caudillista” que, en definitiva, “no sólo equilibra y estabiliza el conflicto sino que además afirma y sanciona la verticalidad, la delegación y la pasividad como características centrales y decisivas” (Modonesi, 2012, p. 1383).

“Los usos de Gramsci”: populismo, revolución pasiva y trayectorias obreras.

Recurrir a Gramsci para analizar la realidad latinoamericana no constituye una novedad. Por el contrario, algunos de los mejores esfuerzos de la tradición de izquierda por interpretar las dificultades de un continente reacio a la aplicación ortodoxa de varios preceptos del marxismo, fueron precisamente en base a nociones provenientes del aporte gramsciano. Un aporte ineludible en ese sentido es el de los llamados gramscianos argentinos, quienes, en el marco de la llamada nueva izquierda de los años sesenta, integraron el grupo Pasado y Presente, que tenía entre sus principales animadores a unos jóvenes José Aricó y Juan Carlos Portantiero. La influencia del sardo, no obstante, acompañaría a ambos autores mucho más allá de aquellas primeras actividades intelectuales y políticas.2

A fines de los ochenta, en su obra sobre el itinerario de Gramsci en América Latina, Aricó (1988/2005) adjudicaba la influencia gramsciana a la constatación de la brecha que había advertido entre las realidades latinoamericanas y los paradigmas teóricos y políticos que orientaron su recorrido intelectual desde aquellos años juveniles. Tempranamente, el cordobés se había convencido de que tales paradigmas requerían una traducción en clave latinoamericana, recurriendo precisamente al concepto gramsciano de traducibilidad y que refiere a la posibilidad que tienen algunos experimentos históricos de encontrar una equivalencia en otras realidades. En la búsqueda incesante de Aricó por recrear un marxismo latinoamericano, la conexión con Gramsci era posible a partir de establecer similitudes históricas y culturales entre ambos mundos.

Uno de los conceptos más complejos de Gramsci aplicado a estas latitudes fue el de revolución pasiva. El sardo lo había puesto en práctica en su estudio sobre el Risorgimento italiano, en la segunda mitad del siglo xix, para advertir el proceso por el cual los sectores moderados se impusieron a los grupos subalternos en la dirección política de la lucha por la unificación nacional y en la posterior conformación del estado italiano moderno. En su relato, Gramsci (1959/2008) describe cómo las iniciativas populares autónomas, lideradas por Mazzini y Garibaldi, ceden terreno ante la salida negociada expresada por Cavour, representante de los grupos monárquicos piamonteses que luego terminaron incorporando a sus filas a integrantes del movimiento popular. De este modo, la revolución pasiva o revolución-restauración se vislumbra como proceso de conformación desde arriba de un estado nacional, a la manera de un reformismo moderado dirigido por élites estatales que neutraliza la presencia de los elementos populares más radicales, diferenciándose así de una revolución de tipo jacobina.

No obstante, el de revolución pasiva es uno de los conceptos gramscianos más complejos porque fue utilizado por el sardo para referirse a distintos procesos. Habiéndolo concebido para analizar históricamente el Risorgimento y, análogamente, como clave de reflexión para el período de reacción conservadora posterior a la Revolución Francesa en la Europa del siglo xix, Gramsci (1984) recupera el término en forma contemporánea en sus escritos sobre “americanismo y fordismo”, indagando en los cambios del patrón de acumulación que señalaban “el paso del viejo individualismo económico a la economía planificada” (1984, p. 285), como una forma de recomposición del capitalismo norteamericano ante la crisis surgida por la caída de la tasa de ganancia.3 En ese sentido, Dora Kanoussi y Javier Mena (1985) han afirmado que la revolución pasiva es el concepto central de los Cuadernos de la cárcel, referido en términos generales a “la formación, consolidación y defensa del bloque histórico de la sociedad capitalista” (1985, p. 125) y a través del cual Gramsci integra diversos niveles de análisis entre filosofía, historia y política.

Si bien no ocupó un lugar central en su producción teórica, tanto Aricó como Portantiero sobrevolaron el concepto de revolución pasiva como categoría de análisis para dar cuenta de la realidad latinoamericana, atravesada por procesos históricos de formación estatal bien distintos a lo que indicaba la experiencia europea. Aricó (1980/1988) ya había dedicado un libro a explorar las zonas grises del pensamiento de Marx en relación a Latinoamérica, señalando que su fuerte impronta societalista le había impedido advertir las peculiaridades de una historia regional en la que la construcción estatal se había configurado esencialmente desde arriba y protagonizado por elites. Allí no podía identificarse la trayectoria típica de la formación estatal europea, en la que una rica historia de nacionalidades desarrolladas a lo largo de los siglos conformaba el tejido cultural y social sobre el que se cimentaron los estados modernos. Por el contrario, la dinámica latinoamericana, señalaba Aricó (1980/1988, p. 105), era esencialmente opuesta a la concepción propia de Marx sobre el estado, ya que un principio central de su teoría era la negación de este como centro productor de la sociedad civil. De este modo, al analizar América Latina, donde el proceso aparecía invertido de manera tal que la estatalidad no procedía de una historia “nacional” sino que se manifestaba como creación de una realidad inédita, aquellas formaciones nacionales se le aparecían a Marx “como meras construcciones estatales impuestas sobre un vacío institucional y sobre la ausencia de una voluntad popular” (1980/1988, p. 107).

Un contexto como el recién descripto se asemeja bastante al imaginado por Gramsci en una revolución pasiva. En Los usos de Gramsci, Portantiero (1977/1987, p. 124) indicaba que América Latina se trataba de una región no asimilable plenamente al “Occidente” del esquema gramsciano, idóneo para el despliegue de la guerra de la posición y la acumulación contrahegemónica en las trincheras de una sociedad civil desarrollada, pero tampoco al atraso de “Oriente” cuyo insuficiente desarrollo, de una sociedad civil “primitiva y gelatinosa” y un estado autocrático, alentaba la estrategia de la guerra de maniobra y la toma del poder por asalto. Portantiero, en cambio, la asemejaba al “Occidente” periférico y tardío, donde Gramsci ubicaba a Italia, España, Polonia y Portugal. Esta clase de países, más cerca del escenario latinoamericano que del modelo canónico europeo, mostraba otro tipo de relaciones entre la política y la sociedad. Se trataba de sociedades en las que la política tenía “una influencia enorme en la configuración de los conflictos, modelando de algún modo a la sociedad” (1977/1987, p. 124), a pesar de la existencia de una sociedad civil relativamente desarrollada. Por otro lado, decía Portantiero, se trataba de un estado que “si bien trata de constituir la comunidad nacional no alcanza los grados de autonomía y soberanía de los modelos ‘bismarckianos’ o ‘bonapartistas’” (1977/1987, p. 127).

En ese sentido, la solución de compromiso que establece el modelo de la revolución pasiva hizo de ella un concepto asimilable para diversos autores a la emergencia de los populismos clásicos latinoamericanos. La incorporación de sectores subalternos a alianzas policlasistas que redundaron en una mayor redistribución de beneficios sociales y, en líneas generales, en una extensión de la ciudadanía de la clase trabajadora, contrasta con la poca relevancia que han tenido en dichos casos las experiencias de izquierda clasista. Frente a esto, la respuesta clásica de las izquierdas precisamente ha apuntado al presunto carácter obturador y manipulatorio de la experiencia populista en relación a la clase obrera. Desde este punto de vista, como en las lecturas reseñadas al principio, la incorporación de grupos subalternos a la experiencia populista cumple la función de un dique de contención de la radicalización autónoma de las masas.

La formulación teórica más acabada de esta perspectiva, que -aunque no incluía el concepto de revolución pasiva- indudablemente ha influido en lecturas como las reseñadas al principio, fue llevada a cabo por Emilio de Ípola y el propio Portantiero en un artículo escrito desde su exilio mexicano a inicios de la década de los ochenta. La tesis central de aquel texto se hacía explícita desde el inicio: ideológicamente y políticamente no hay continuidad sino ruptura entre populismo y socialismo. Para de Ípola y Portantiero (1981/1989), si bien los populismos latinoamericanos habían tenido una función históricamente progresiva, la de constituir un pueblo como sujeto político amalgamando demandas nacional-populares, en los populismos dicho momento nacional-popular siempre terminaba subsumido en su principio opuesto, el nacional-estatal, fetichizando en el estado capitalista el ilusorio orden superador de un cuerpo social fragmentado. La otra dimensión de la crítica se vinculaba a la “concepción organicista” del populismo que “organiza desde arriba a la comunidad, enalteciendo la semejanza sobre la diferencia, la unanimidad sobre el disenso” (1981/1989, p. 29). De esta forma, de Ípola y Portantiero anudaban en un mismo movimiento la objeción al populismo como dique de contención transformista y como orden autoritario ajeno al despliegue del pluralismo democrático. Ambos principios se condensaban en la crítica al jefe carismático o líder populista, cuya “palabra decisiva” bloquea, con mayor o menor negociación, cualquier esbozo de disidencia o superación a los límites infranqueables del orden nacional-estatal y organicista.4

Sin embargo, la extensión generalizada de un concepto no puede hacerse sin tener en cuenta las permanentes precauciones de Gramsci a la hora de analizar las peculiaridades de cada caso. Para el sardo, en los procesos de revolución pasiva era determinante “el criterio interpretativo de las modificaciones moleculares que en realidad modifican progresivamente la composición precedente de las fuerzas y se convierten por tanto en matrices de nuevas modificaciones” (Gramsci, 1959/2008, p. 168). En otras palabras, las complejas transacciones que integran la operación “revolución-restauración” o “revolución sin revolución” obligan a una minuciosa lectura que contrapese los elementos progresivos y los regresivos que toman parte en cada caso. Por este motivo, Aricó (1988/2005, p. 130) aclaraba que la compleja realidad política que esconde este mecanismo “no puede ser leída como puro proceso de conservación, desde el momento que detrás del aparente inmovilismo de una ‘envoltura política’ ocurre en realidad una transformación molecular de las ‘relaciones sociales fundamentales’”.

Si revolución pasiva es un concepto de alta abstracción que alude a procesos de carácter estructural, dos figuras complementarias como transformismo y cesarismo, que podrían entenderse como manifestaciones políticas concretas de este proceso, deben ser tenidas en cuenta para completar la vinculación entre revolución pasiva y populismo. La operación transformista, en efecto, está estrechamente relacionada con la revolución pasiva: se trata del proceso de incorporación de dirigentes provenientes de grupos radicales a la clase política tradicional. Este había sido el modo por el cual los sectores moderados, según Gramsci, habían logrado en la Italia del siglo xix decapitar las conducciones de los grupos radicales autónomos: primero atrayendo individualidades de forma molecular, y en una segunda fase, incorporando agrupaciones enteras que pasaban al campo moderado. Esta función no era otra cosa para el sardo que la demostración de que los sectores moderados, a diferencia de los radicales mazzinianos, representaban un grupo social relativamente homogéneo cuya supremacía no se limitaba a la dimensión coercitiva reducida únicamente al dominio, sino que era capaz de desplegar una verdadera “dirección intelectual y moral” sobre otros grupos sociales. Para Gramsci, una clase hegemónica, además de ser dominante, debía ser dirigente. Allí aparecía la operación transformista, ya que “la dirección política pasa a ser un aspecto de la función de dominio, en cuanto la absorción de las élites de los grupos enemigos conduce a la decapitación de estos y a su aniquilamiento por un período a menudo muy largo” (1959/2008, p. 93).

Es evidente que la noción de transformismo ha sido emparentada a los populismos latinoamericanos a partir de la incorporación de estos a conducciones políticas de los grupos subalternos. Se ha señalado la relación de las organizaciones sindicales con el primer peronismo como un ejemplo paradigmático del populismo clásico. En tanto, para los populismos del siglo xxi, las lecturas reseñadas hacen hincapié en la cooptación estatal de los movimientos sociales que gozaban previamente de una trayectoria política autónoma. Aquí, ciertamente, el espíritu de la noción de transformismo, estrechamente ligado en la definición gramsciana al despliegue hegemónico de un grupo social sobre otros, cede paso a una operación esencialmente manipulatoria y unilateral efectuada desde el estado.

En ese sentido, otros estudios sobre los nuevos movimientos sociales (Natalucci, 2012; Cortés, 2008) han cuestionado que la institucionalización de dichas organizaciones haya sido vista únicamente desde la perspectiva de la cooptación, reproduciendo así una división estanca entre lo social y lo político que resalta el carácter destituyente de la política en desmedro del instituyente. Estos trabajos proponen pensar a la institucionalización “no como cooptación de una fracción o partido político ni como sumisión/integración al gobierno sino como una mediación de la sociedad civil y el régimen político, de tal modo que puedan redefinirse las formas de participación, los mecanismos de representación y los dispositivos de legitimación que conforman una comunidad política” (Natalucci, 2012).

La otra figura gramsciana, la del cesarismo, es la prototípica de los primeros análisis de la izquierda frente a los populismos latinoamericanos. Se trata de un concepto heredado de la noción marxista de bonapartismo, que también fue una figura muy extendida entre los partidos de izquierda para referirse a las experiencias populistas en América Latina. La asunción de liderazgos carismáticos con apoyo popular y en ocasiones emparentado al ejército propició la conexión con El 18 Brumario que, en el caso del peronismo, fue esgrimida por las fuerzas de izquierda de la época para condenar la movilización del 17 de octubre de 1945 y negar la condición de auténticos obreros a los gremios que allí se habían movilizado. En dicha ocasión, socialistas y comunistas echaron mano al mote de lumpemproletariado, junto a las consabidas advertencias de Marx y Engels respecto a la predisposición de estos sectores marginales a integrar las filas reaccionarias. Fueron estos partidos, que se proclamaban portavoces de la clase obrera, quienes más enérgicamente sintieron la necesidad de distinguir a las huestes peronistas del verdadero proletariado argentino (Pizzorno, 2016a).

Tras la caída de Perón, hacia fines de los 50, una lectura de este tipo sería reelaborada teóricamente desde el marxismo por Milcíades Peña, un joven intelectual de origen trotskista que construyó una de las caracterizaciones paradigmáticas de la izquierda argentina respecto al peronismo. Para Peña (1971), el ingreso masivo a la industria de trabajadores rurales sin experiencia de clase había disminuido la combatividad de la clase obrera y generado las condiciones para que se impusiera el proyecto de un sindicalismo construido y tutelado desde el estado.5 Esa había sido la tarea fundamental de la Secretaría de Trabajo y Previsión (STP) durante el gobierno militar del 4 de junio de 1943, luego consagrada en el modelo de organización sindical que caracterizó a la década peronista. En lugar de que los obreros fueran hacia los sindicatos, decía Peña, los sindicatos, a través de la STP, fueron hacia los obreros. Así se creó la nueva Confederación General del Trabajo (CGT) que, si bien fue la organización a través de la cual el peronismo concedió importantes mejoras a los trabajadores, esta “fue desde el primer momento en todo lo esencial, una repartición estatal. No surgió de la movilización autónoma de la clase obrera” (1971, p. 62). En ese sentido, agregaba:

Pronto la burguesía acusó a Perón de “agitar artificialmente la lucha de clases” e incitar a los obreros en su contra, pero la acusación carecía de sentido. En realidad, Perón hizo abortar, canalizando por vía estatal, las demandas obreras, el ascenso combativo del proletariado argentino, que se hubiera producido probablemente al término de la guerra. Porque es evidente que si Perón no hubiera concedido mejoras, el proletariado hubiera luchado para conseguirlas. La plena ocupación y la creciente demanda de obreros hacía económicamente inevitable que mejorase la situación de los trabajadores. El bonapartismo del gobierno militar preservó, pues, al orden burgués, alejando a la clase obrera de la lucha autónoma, privándola de conciencia de clase, sumergiéndola en la ideología del acatamiento a la propiedad privada capitalista. Desde el punto de vista de los intereses históricos de la clase obrera, también en la Argentina fue cierto que el gobierno bonapartista, “sirviendo en realidad a los capitalistas engaña más que ningún otro a los, obreros, a fuerza de promesas y pequeñas limosnas” (Lenin). (Peña, 1971, p. 71).

Peña caracterizaba como bonapartista al gobierno surgido del 4 de junio de 1943, señalando que este no representaba a ninguna clase en particular pero extraía su fuerza de los conflictos entre las diversas clases, hallando su apoyo directo en el ejército, la policía, la burocracia y el clero. Pero como en relato de Marx sobre Luis Bonaparte, la aparente autonomía que adquiría el estado bajo la figura del líder carismático, se revelaba en última instancia imposible debido al inestable arbitraje que ejercía entre las clases en pugna.6 Para Peña, el accionar del estado y de la STP había cumplido con sus concesiones a los trabajadores un rol eminentemente conservador, alejando a la clase obrera de la lucha autónoma y entregándola a la aceptación de la ideología capitalista. Sin embargo, esta contribución a la reproducción del orden burgués no había sido correspondido por la propia burguesía, que combatió la labor de la STP sin advertir su fin último, que no era otro que abortar el inminente ascenso combativo de la clase trabajadora.

Gramsci, inspirado en el trabajo de Marx sobre el bonapartismo, había desarrollado la idea de cesarismo como la intervención de una personalidad heroica cuyo liderazgo emergía en situaciones de empate catastrófico entre una fuerza progresiva y una regresiva. Sin embargo, esta resolución, que se enmarca en el cuadro de una revolución pasiva, no tenía un sentido político per se, ya que podía existir tanto un cesarismo progresista como uno regresivo. Se trataba, para Gramsci, “de ver si en la dialéctica ‘revolución-restauración’ es el elemento revolución o el elemento restauración el que prevalece, ya que es cierto que en el movimiento histórico jamás se vuelve atrás y no existen restauraciones in toto” (1984, p. 71). Como en la propia definición de revolución pasiva mencionada anteriormente, el sardo se inclinaba a la hora del análisis histórico por la reconstrucción de los matices de cada experiencia en particular antes que por una generalización a priori.

En ese sentido, Gramsci previno en una de sus notas acerca de qué recaudos era preciso tomar a la hora de analizar un movimiento de tipo cesarista, bonapartista o boulangista (por el general Boulanger, de fugaz popularidad en Francia entre 1896 y 1890). Su argumento estaba precedido por una crítica al economismo, que tenía por blanco a las corrientes más ortodoxas y deterministas dentro del marxismo. Gramsci cuestionaba cómo aquellos análisis extraían conclusiones de forma muy esquemática y superficial sobre procesos históricos complejos cuyo estudio requería una mayor rigurosidad. Así, señalaba:

Cuando se produce un movimiento de tipo boulangista el análisis debería ser conducido, siguiendo una visión realista, según esta línea: 1) contenido social de la masa que adhiere al movimiento; 2) ¿qué función tiene en el equilibrio de fuerzas que se va transformando, como lo demuestra el nuevo movimiento por el hecho de nacer?; 3) ¿qué significado, desde el punto de vista político y social, tienen las reivindicaciones que presentan los dirigentes y que encuentran aprobación? ¿A qué exigencias efectivas corresponden?; 4) examen de la conformidad de los fines con el fin propuesto; 5) sólo en última instancia y presentada en forma política y no moralista, se plantea la hipótesis de que un movimiento de este tipo será necesariamente desnaturalizado y servirá a fines muy distintos de aquellos que esperan las multitudes adheridas. Por el contrario, esta hipótesis es afirmada en previsión, cuando ningún elemento concreto (y que aparezca por lo tanto con la evidencia del sentido común y no a través de un análisis “científico” esotérico) existe aún para confirmarla. De allí que tal hipótesis aparezca como una acusación moral de doblez y de mala fe o de poca astucia, de estupidez (para los secuaces). La lucha política se convierte así en una serie de hechos personales entre quienes lo saben todo, y han pactado con el diablo, y quienes son objeto de burla por parte de sus propios dirigentes, sin querer convencerse de ello a causa de su incurable estupidez. (1984, p. 46).

Como ha dicho Portantiero (1977/1987, p. 126), es como si este pasaje hubiera sido dedicado a los análisis clasistas de los movimientos populistas en América Latina. En ella, Gramsci reclama un examen minucioso de cada experiencia boulangista (o populista, para el caso) respecto a la masa social que moviliza, sus reivindicaciones concretas y su rol en la relación de fuerzas en la que interviene. Sólo de allí se podría desprender la hipótesis de que se trata un movimiento destinado a traicionar los reclamos de sus adherentes. Gramsci se burla, de este modo, de los análisis a priori que leen en clave manipulatoria el vínculo entre las masas populares y los líderes movimientistas de este tipo.

Precisamente, fue el Portantiero de los años setenta quien construyó una interpretación de Gramsci en sintonía con una aproximación política desde la izquierda a las experiencias populistas. Se trata, por cierto, de una perspectiva luego abandonada, en el marco de la trágica experiencia del peronismo de los años setenta, cuya ruptura fue plasmada en el artículo escrito junto a de Ípola mencionado anteriormente. Sin embargo, la originalidad del aporte de Portantiero en su intento, mediado por la influencia de Gramsci, de conjugar la tradición marxista y la populista, continúa siendo una operación teórica relevante a la hora de reconstruir estos debates. 7

En su análisis, el argentino veía cómo el razonamiento gramsciano aportaba un enfoque en el que predominaba la primacía de la política, que le permitía tomar distancia del economicismo mecanicista del marxismo ortodoxo y del clasismo fundamental de allí derivado como estrategia política por parte de la izquierda tradicional. Así, el concepto de hegemonía, como capacidad para unificar la voluntad disgregada por el capitalismo de las clases populares, orientaba una tarea organizativa destinada a la construcción de la unidad política de los sectores subalternos que para Gramsci, en clave italiana, residía en una articulación obrero-campesina que también incorporara a los intelectuales. Se trataba, en ese sentido, de la construcción de una voluntad colectiva nacional-popular como producto de la acción hegemónica de las clases subalternas.

Lo nacional-popular se erige, de este modo, como el momento de constitución política de un sujeto colectivo que articula al conjunto de las clases subalternas, que recoge una historia y una tradición propia de los sectores populares, y que disputa el sentido de lo nacional que las clases dominantes fetichizan en el estado. “Para ello”, diría Portantiero, “es la propia categoría de pueblo la que debe ser construida, en tanto voluntad colectiva. El pueblo no es un dato sino un sujeto que debe ser producido” (1977/1987, p. 153). De manera análoga a lo que Marx llamaba el pasaje del proletariado a la condición de clase nacional en el Manifiesto Comunista, para Portantiero el tránsito de la situación de clase a la conformación de lo popular implicaba un proceso de acción política hegemónica que se condensaba en la construcción de un “pueblo”, no como el despliegue de una esencia inmanente ya dada previamente, sino como una elaboración propia del arte de la política.

En ese sentido, Portantiero observaba que la constitución política de las clases populares adquiría en Latinoamérica una trayectoria distinta a la del modelo canónico europeo en el que se basaban las tesis clasistas. En este continente, el desarrollo de la clase trabajadora no podía ser asimilado con el desarrollo de grupos económicos que gradualmente se iban constituyendo socialmente hasta coronar esa presencia en el campo de la política como fuerzas autónomas. En el modelo europeo, esta trayectoria había ido típicamente de la acción sindical a la conformación del partido de clase. En cambio, en Latinoamérica la constitución del sujeto popular estaba moldeado por la política y por la ideología desde un comienzo, a partir de la intervención de grandes movimientos populares que había emergido en momentos de crisis de estado y de desequilibrios profundos en la sociedad.

El populismo clásico, de este modo, es entendido por Portantiero como una forma específica de compromiso estatal, producto de la crisis del estado liberal que nace con la primera posguerra y se consolida a partir de 1930, dando lugar a nuevas formas de organización de poder generalmente llamadas corporativas, en el sentido de un estado cada vez más conformado como articulación de organizaciones sociales. Allí, el “estado de compromiso nacional-popular” fue producto de una complicada estrategia de transacciones y de una incorporación permanente de clases auxiliares al sistema político, en la medida que ninguna fracción podía asegurar el control político del tránsito a la industrialización, reforzando los roles arbitrales del aparato estatal. En ese contexto, agregaba el autor, las clases populares latinoamericanas atravesaron el pasaje de su acción corporativa a la acción política de una forma sui generis y “quien las constituyó como ‘pueblo’ no fue el desarrollo autónomo de sus organizaciones de clase (o de los grupos ideológicos que se reclamaban como de clase), sino la crisis política general y el rol objetivo que asumieron en ella como equilibradoras de una nueva fase estatal”. “De tal modo”, concluía, “fueron los populismos los que recompusieron la unidad política de los trabajadores a través […] de la acción de élites externas a la clase y de líderes como Cárdenas, Vargas o Perón” (1977/1987, p. 166).

En ese sentido, Portantiero señala que la presencia de las clases populares en los movimientos nacional-populares fue imaginada como anómala, generalmente indicada como falsa conciencia, cuyas características “han llenado de perplejidad a las izquierdas latinoamericanas, que jamás supieron que hacer frente a ese desafío, demasiado extraño para su pétrea imaginación” (1977/1987, p. 129). Si la forma “europea” de constitución política había implicado un sucesivo crecimiento de luchas sociales que luego se expresaban como luchas políticas, la “desviación” latinoamericana consistía en que ese crecimiento era constitutivo de una crisis política y fundante de una nueva fase estatal en la que los sectores subalternos ingresaban al juego político sin haber agotado aquella hipotética trayectoria de acumulación autónoma. Se trataba, en definitiva, de una lectura que veía en la intervención populista un momento decisivo de la constitución política de las clases populares, antes que un bloqueo estatal a un hipotético camino de radicalización desde abajo.

El bombero piromaníaco: sobre la intervención populista en los orígenes del peronismo

El 25 de agosto de 1944, el secretario de Trabajo y Previsión del gobierno militar, Juan Domingo Perón, dio un célebre discurso en la Bolsa de Comercio frente a representantes del mundo de los negocios. Se trata de una alocución muy recordada precisamente porque en ella se hizo manifiesta la propuesta del coronel a los miembros del poder económico, con rasgos perfectamente asimilables al tipo de operación que aquí hemos visto como revolución pasiva.

En aquella ocasión, Perón reiteró algunos de los tópicos que venía predicando desde su asunción en octubre de 1943 al ex Departamento Nacional del Trabajo, transformado por decreto un mes después en la STP. Allí, el funcionario aseguró ante los empresarios que el problema social se resolvía de una sola manera: buscando una armonía entre la clase trabajadora y la clase capitalista que fuera propiciada por el estado. Agregó, en ese sentido, que una riqueza sin estabilidad social podía ser poderosa, pero siempre frágil, y que ése era el peligro que intentaba evitar por todos los medios la cartera estatal a su cargo.

En el discurso del secretario de Trabajo y Previsión, los motivos de ese peligro se debían al estado de las masas populares en el país. A tono con la prédica anticomunista del gobierno militar, Perón explicó que las masas obreras no organizadas eran caldo de cultivo para la agitación del activismo comunista. La Argentina, decía el coronel, no era ajena a la consolidación global de las ideologías extremas, que él mismo había podido comprobar en su travesía europea, y la inminente era de posguerra no haría más que profundizar su difusión. Perón, de este modo, advertía a los empresarios que los días de agitación podían estar más cerca de lo que ellos creían y que, si no se actuaba a tiempo, la situación podía terminar en una verdadera guerra civil de consecuencias indeseadas. “Está en manos de nosotros”, agregaba, “hacer que la situación quede resuelta antes de llegar a ese extremo, en el cual todos los argentinos tendrán algo que perder, y en forma directamente proporcional a lo que uno posea: el que tenga, así, mucho, lo perderá todo, y el que no tenga nada, quedará como antes” (Perón, 2002, p. 325). El auditorio, naturalmente, estaba compuesto de la primera clase de argentinos.

Para Perón, la solución a este problema estaba en el accionar preventivo del estado, que debía dejar, como había afirmado tras la creación de la STP, su “abstencionismo suicida” para garantizar una justa regulación a la relación entre patrones y obreros. La organización sindical, en ese sentido, ocupaba un lugar preponderante porque era la forma en que las masas populares podían dejar atrás su desorden y abocarse a una relación orgánica con el capital tutelada por el estado. Se trataba, para Perón, de la creación de un verdadero sindicalismo gremial que pudiera discutir sus intereses de igual a igual con los capitalistas, pero de ningún modo un sindicalismo político como el que predicaban socialistas y comunistas. Los empresarios debían entender que un buen sindicalismo no era perjudicial para ellos, sino que, por el contrario, este constituía el medio para dejar atrás la lucha y llegar a un acuerdo con la parte trabajadora.

En ese sentido, además de la necesidad de fomentar la organización sindical, Perón introdujo otro elemento novedoso a la prédica anticomunista del gobierno militar, que apuntaba a atacar las causas de propagación del comunismo. De este modo, afirmaba:

Este remedio es suprimir las causas de la agitación: la injusticia social. Es necesario dar a los obreros lo que estos merecen por su trabajo y lo que necesitan para vivir dignamente, a lo que ningún hombre de buenos sentimientos puede oponerse. Se trata más de un problema humano y cristiano que de un problema legal. Es necesario saber dar un treinta por ciento a tiempo que perder todo después. (2002, p. 328).

No sin demostrar olfato para los problemas de su tiempo, Perón ofrecía una solución a los empresarios que consistía en que ellos cedieran una parte de su ganancia para finalmente desterrar los peligros de la rebelión social. Al exagerar la influencia comunista, mucho más palpable en su discurso que en la realidad, el secretario de Trabajo y Previsión buscaba ganarse el apoyo de aquellos hombres de los negocios, asegurándoles que no encontrarían un defensor más decidido que él de los intereses capitalistas. No obstante, de sus palabras también se desprendía alguna velada amenaza, cuando afirmaba que si no se lograba la unidad de los argentinos y se terminaba en un enfrentamiento, él y sus hombres, como profesionales de la lucha, irían a ella con la decisión de no perder.

De este modo, el célebre discurso de la Bolsa parece hecho a medida de las lecturas que ven en la intervención populista un dique de contención a la radicalización de la masas. En él, a la manera de una revolución pasiva, se proponía una solución de compromiso cuyo objetivo era desactivar el impulso autónomo de los sectores populares. Perón, en el intento de ganarse la confianza de los empresarios, dramatizaba el impacto de una agitación inminente de la clase obrera y proponía a la clase propietaria la entrega de ciertas concesiones para lograr el ingreso domesticado de los trabajadores al estado. Lo que ocurrió, sin embargo, fue que, como advirtió Milcíades Peña, esta inestimable colaboración de Perón con la salvaguarda del orden burgués no fue correspondida por la burguesía.

En su discurso, Perón intentó ganarse el favor de los sectores patronales advirtiendo que la experiencia europea de posguerra marcaba la hora de la radicalización proletaria. Como parte de la cruzada anticomunista en curso, propuso sumar al repertorio habitual del gobierno militar —la represión abierta al comunismo— una salida que mitigara las causas de propagación de las ideologías radicales, poniendo en primer plano a la justicia social. Precisamente, como ha señalado Gerardo Aboy Carlés (2001, p. 131), este significante tenía una plasticidad conceptual que le permitía aparecer al lado de las reformas sociales como una consigna de dicotomización del espacio político, y al mismo tiempo podía ser un llamado a la conciliación social, como las tantas veces que se empleó como término antagónico a la lucha de clases. El discurso de la Bolsa es el ejemplo paradigmático de su segundo uso, en el marco de una convocatoria ordenancista, a la manera de lo que aquí se ha repasado como revolución pasiva.

Sin embargo, como decíamos, esta estrategia de Perón que había tenido buena acogida en otras latitudes no corrió la misma suerte con la burguesía argentina. Como ha dicho Juan Carlos Torre (1990/2011, p. 123), faltó en esos sectores la sensación de amenaza de un movimiento obrero combativo, que en los países fascistas había llevado a los círculos patronales a acompañar políticas de reformas laborales, aún al precio de sacrificios inmediatos. Por otro lado, también el relato canónico de El 18 Brumario ofrecía una resolución similar, en la cual la burguesía francesa, ante la creciente inestabilidad de la Segunda República, se había visto obligada a tolerar el golpe de estado de un personaje ajeno a sus filas. En el relato de Marx, “la masa extraparlamentaria de la burguesía” se había apartado de sus representantes políticos del Partido de Orden, enfrentados con Bonaparte, porque exigía una vuelta a la normalidad que le permitiera abocarse a sus negocios privados sin sobresaltos (2015, p. 223).

La propuesta transformista de Perón no corrió con igual suerte en el auditorio de la Bolsa de Comercio. Por el contrario, si había una preocupación entre los presentes ésa era la propia política social del coronel en la STP, la cual, como ha dicho Torre (1990/2011, p. 124) en lugar de pacificar, lo que hacía era aumentar el estado de movilización del mundo del trabajo para invitar luego a las clases propietarias a actuar en consecuencia. En definitiva, para los hombres de negocios, Perón se comportaba —en palabras de Alain Rouquié— como un bombero piromaníaco, que provocaba incendios para ser luego llamado a apagarlos.

Hacia fines de 1944, la Unión Industrial Argentina afirmaba que “no existía hasta ayer en nuestro país un verdadero proletariado industrial contrapuesto a las fuerzas capitalistas”. Y continuaba:

Agréguese la indisciplina que necesariamente engendra en los establecimientos el uso siempre más generalizado de cierta terminología que hace presentar a los patronos en una posición de prepotencia y a cada arreglo, no como un acto de justicia, sino como una “conquista” que de ser necesario los trabajadores sabrán defender aún con la fuerza (La Nación, 22-12-1944).

El comunicado, crítico con la gestión de la STP, apuntaba a esta como un factor de organización obrera. La sindicalización masiva y el arbitraje estatal de los conflictos habían aumentado el poder de los trabajadores en la negociación con los patrones. Pero además, este cambio iba acompañado de una retórica desafiante que era percibida como una creciente indisciplina en el ámbito laboral. En el mismo sentido se habían pronunciado las patronales agrarias frente a la sanción del Estatuto del Perón, en octubre de 1944, afirmando que la medida “habrá de sembrar el germen del desorden social al inculcar en gentes de limitada cultura aspiraciones irrealizables y colocar al jornalero por encima del mismo patrón en comodidades y remuneraciones” (Torre, 1990/2011, p. 122).

El año 1945 profundizaría la reacción patronal contra el accionar de la STP. En abril, sesenta y tres entidades empresarias manifestaron su rechazo a un proyecto oficial que auspiciaba la implantación del salario mínimo, vital y móvil, un aumento general de salarios y la participación de los trabajadores en las ganancias. La ofensiva sería profundizada en junio con la publicación de una solicitada conocida como el “Manifiesto de las Fuerzas Vivas”, en el que más de trescientas entidades de todo el país salían al cruce de Perón y la STP. Decía el documento:

Las fuerzas económicas acudieron al Excmo. señor Presidente en un intento de última esperanza, movidos por la intranquilidad creciente de un ambiente de agitación social que venía a malograr la pujante y disciplinada eficiencia del esfuerzo productor, y cuya gravedad hallaba origen en el constante impulso que se le deparaba desde dependencias oficiales. Una larga serie de medidas, actitudes, resoluciones o discursos han venido convirtiendo a la agitación social en la cuestión más grave que este gobierno debe afrontar. Lejos de nuestro ánimo desconocer la existencia del problema social, inseparable de la naturaleza humana y sus necesidades y, por ende, de carácter permanente y universal, cuya solución es fruto de una recta colaboración de las partes, regida por la alta y serena intervención del Estado, sometido como aquellas al imperio de la Justicia, igual para todos. Nos referimos a la creación de un clima de recelos, de provocación y de rebeldía, en el que se estimula el resentimiento y un permanente espíritu de hostilidad y reivindicación, por efecto del cual se destruye la solidaridad en la justicia, única fuente de trabajo, de bienestar y progreso. (La Prensa, 16-5-1945).

En la descripción de los representantes patronales, el ambiente de agitación social era ya directamente atribuido al impulso que se le daba desde el accionar estatal. En lugar del dique de contención que Perón había prometido a los empresarios en la Bolsa de Comercio, a los ojos de estas entidades la intervención de la STP había generado lo que se consideraba la cuestión más grave de todas: un clima extendido de rebeldía y reivindicaciones obreras que amenazaba con trastocar la disciplina en los lugares de trabajo. Finalmente, deseándolo o no, la convocatoria transformista y anticomunista de Perón fue percibida por los grupos patronales como un verdadero generador de lucha de clases. Su intervención “desde arriba” había acelerado la llamada crisis de la deferencia —en un término que Torre recoge de Alain Touraine—, entendida como el fin de la aceptación de un lugar determinado en un orden hegemónico. Como ha dicho Sebastián Barros (2011), esta operación no es otra cosa que el síntoma de la emergencia de un nuevo sujeto popular que da lugar a una dislocación comunitaria, esto es, al quiebre de los lugares sociales previamente establecidos en una comunidad política. Fue Tulio Halperín Donghi (1994) quien, intuimos que en un sentido similar, afirmó que para comprobar si el peronismo había sido una revolución social bastaba con subirse a un tranvía.

Comentarios finales

La revitalización conceptual del populismo de los últimos años no pudo escapar en buena medida a las diatribas que suscitaron los populismos realmente existentes del siglo xxi. A la recuperación entusiasta del término que vio en el populismo una poderosa forma de identificación popular y que celebró la consolidación de gobiernos catalogados como tales, le hizo frente un rechazo abiertamente antipopulista que condenó dichas experiencias como fenómenos esencialmente ajenos a la democracia. Esta antinomia se reprodujo al interior del campo progresista y de la izquierda, en general coincidentes en su oposición al período neoliberal de los años noventa, que vieron reanimadas de esta forma viejas polémicas del marxismo latinoamericano frente a los regímenes nacional-populares.

Ciertamente, los populismos clásicos latinoamericanos, como el peronismo, el varguismo o el cardenismo, no son directamente comparables con los populismos del siglo xxi. Aunque pueden llamar la atención algunas de sus características en común, como la emergencia de liderazgos carismáticos identificados con una gramática popular, o la intensa politización a favor y en contra que suele dicotomizar el espacio político, sería imprudente extender las conclusiones que puedan hacerse de unos a los otros. No obstante, las lecturas de ciertas izquierdas han acudido, a veces con cierto esquematismo, a un arsenal teórico que legó el marxismo latinoamericano para examinar críticamente las experiencias populistas de la región. El pasado, en esos casos, toma fuerza política real e influye en el diagnóstico presente, así como en El 18 Brumario los hombres no hacen su historia bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino por aquellas que han sido legadas por las generaciones pasadas.

El objetivo de estas líneas ha sido cuestionar la idea de que los populismos latinoamericanos han cumplido esencialmente la función de un dique de contención a la radicalización de las masas; no porque el populismo no contenga una dimensión recomponedora que efectivamente pueda suturar y desactivar sus elementos más beligerantes, sino porque, como indica Gerardo Aboy Carlés (2002) ese mecanismo forma parte de una ambigüedad intrínseca del populismo, basada en la coexistencia de tendencias antagónicas a la ruptura y a la integración. En ese marco, es indudable que los populismos clásicos tuvieron una función históricamente progresiva en lo referente al desarrollo de las clases populares y a la participación de estas en regímenes que implicaron un auténtico proceso de ciudanización de masas.

La izquierda clasista construyó una lectura del populismo como dique de contención en base a la hipótesis teleológica que presuponía el marxismo para una trayectoria autónoma de la clase obrera. Sin embargo, aquel modelo canónico estaba inspirado en la experiencia decimonónica europea, marcada por el pasaje de la lucha social autónoma a la lucha política, en un formato que iba típicamente del sindicato al partido de clase. Esta correspondencia entre condición obrera e identificación política de clase no fue replicada en la historia latinoamericana, donde los trabajadores frecuentemente adhirieron a partidos policlasistas que promovían su incorporación social. No obstante, esta incorporación, que condujo a la participación de la clase obrera en experiencias de gobierno antes de agotar su hipotética trayectoria autónoma, representó un momento inédito de unidad política y constitución popular con señas de identidad duraderas.

En el caso paradigmático del peronismo, esto último fue claramente percibido por los grupos patronales que desoyeron la propuesta transformista de Perón, puesta en escena en el discurso de la Bolsa de Comercio, al advertir que en realidad sus motivos de preocupación tenían más que ver con el accionar de la STP que con la supuesta amenaza comunista que esta venía a desterrar. En los lugares de trabajo, la burguesía argentina fue la primera en notar cómo aquella renovada y fortalecida clase obrera, conformada heterónomamente a partir de la intervención populista, empezaba a protagonizar un proceso aún más profundo, el de la crisis de la deferencia tradicional y del quiebre de los lugares previamente establecidos en la comunidad política. Como ha dicho Torre (2014), si bien no se libró con lenguaje marxista, Argentina fue un país que experimentó como pocos en la región la aspereza de la lucha de clases, muy lejos del horizonte de paz y orden social hacia el que apuntó Perón en los tramos iniciales de su ascenso al poder.

Las referencias al aporte gramsciano encontraron en el modelo de revolución pasiva una noción aplicable al contexto de los populismos latinoamericanos. Gramsci había pensado aquel concepto como un proceso de construcción estatal distinto al de una revolución política de tipo radical-jacobina, donde la iniciativa popular fuera esencialmente neutralizada y dirigida por elites estatales pertenecientes a los grupos dominantes. En ese sentido, una definición acotada, inspirada en la experiencia del Risorgimento, hace referencia a un proceso de modernización conservadora conducido desde arriba, con un sesgo fuertemente antipopular, ausencia de alianza con las masas y de características más próximas a la fórmula gramsciana de dictadura sin hegemonía. Ese modelo teórico que, por ejemplo, Waldo Ansaldi (1992) propone para estudiar la formación estatal argentina bajo control oligárquico, parece de improbable aplicación para los populismos, donde hay una importante presencia del elemento consensual y de movilización política de masas.

Quienes proponen el uso de esta categoría para los populismos, en cambio, sugieren una acepción más amplia de revolución pasiva, que subraye el despliegue hegemónico y la incorporación de demandas subalternas, aunque reteniendo su finalidad eminentemente gatopardista destinada a neutralizar una situación de acumulación popular autónoma. A nuestro criterio, a pesar de que efectivamente no puede perderse de vista la veta ordenancista del populismo, la centralidad del componente de pasivización o desmovilización que tiene lugar en el modelo de revolución pasiva no puede ser asimilado a esas experiencias históricas. Tanto los populismos clásicos como los del siglo xxi trazaron el contorno de un sujeto popular que no estaba necesariamente contenido en el desarrollo del movimiento social preexistente, por lo que su intervención frecuentemente se tradujo en la aparición de nuevas conflictividades generadas desde arriba, y no meramente en el intento de temperar y desactivar tensiones previas.

Finalmente, es cierto que los populismos, con la inestimable colaboración de muchos antipopulistas, recurrentemente han suscitado enfrentamientos en forma dicotómica, con escasa voluntad a la exploración de matices, que terminan cayendo en la simpleza del maniqueísmo. También es cierto que esa división estática suele ignorar nudos de conflictividad social y demandas postergadas que terminan relegadas por ambos polos del debate público, como el problema actual del extractivismo y la cuestión ambiental en la coyuntura latinoamericana. Por otro lado, si bien es necesario pensar por fuera de las polarizaciones, menos recomendable es declararlas estériles e intervenir como si ellas no existieran. La construcción de una contradicción central que oriente prioritariamente el sentido de la acción política (como quien plantea una dicotomía cerrada entre extractivismo y democracia) no es algo privativo de los populismos. Y las polarizaciones políticas que emergen en momentos concretos, aunque esquemáticas o binarias, también expresan fuerza social organizada, remiten a tradiciones enquistadas en la vida nacional y condensan los espacios privilegiados de conflicto que atraviesan a una sociedad, invadiendo el sentido común y politizando la vida cotidiana. En ese sentido, asumir la relevancia de las contradicciones de un momento político determinado no supone negar las contradicciones que anidan hacia su interior, sino ordenar su jerarquía.

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Notas Notes

1 Un artículo de similar orientación de Claudio Katz (2013) se refirió de esta forma a la experiencia kirchnerista: “Para algunos teóricos, el carácter populista de la gestión actual constituye uno de sus grandes méritos. Rechazan la connotación peyorativa de ese término y lo identifican con el sostén de un liderazgo, que canaliza demandas mayoritarias por vías informales. Pero con esta rehabilitación se justifica también el control ejercido desde arriba, para contener la radicalización de los oprimidos. Fue exactamente lo que hizo Kirchner al principio de su mandato con el manejo de los planes sociales”.

2 Sobre los gramscianos argentinos, entre otros trabajos, puede remitirse a Burgos (2004), Hilb (2009), Cortés (2015) y Tapia (2016).

3 Portantiero (1977/1987) abordó este uso de revolución pasiva en el primer texto de su libro Los usos de Gramsci, una de las obras más importantes para la difusión del pensamiento gramsciano en Latinoamérica, titulado “Estado y crisis en el debate de entreguerras”. Allí el autor argentino relata cómo en la Europa del período de entreguerras empieza a tomar forma un nuevo modelo hegemónico y una nueva articulación entre economía y sociedad, traducida en una nueva estructura estatal que adoptó tanto formas democráticas como totalitarias.

4 Sobre la inscripción de este texto en la saga del debate sobre populismo, véanse los recientes trabajos de Martín Retamozo (2014 y 2017).

5 Las premisas de Peña sobre la naturaleza del vínculo entre clase obrera y peronismo eran en buena medida tributarias de las de Gino Germani, el sociólogo ítalo-argentino a cargo de la primera interpretación académica relevante sobre los orígenes del peronismo. El padre de la sociología argentina explicaba la emergencia del peronismo a partir de las masas disponibles que constituían los trabajadores migrantes, sin experiencia ni conciencia de clase, que se desplazaban del interior rural a la ciudad. Este esquema, que diferenciaba a los obreros nuevos de los viejos ya adaptados a la vida industrial y a las asociaciones de clase, sería desmontado a inicios de los años setenta por Miguel Murmis y Portantiero, quienes demostraron el relevante papel que tuvieron dirigentes y organizaciones gremiales tradicionales en la génesis del peronismo.

6 En un sentido similar, a fines de los años sesenta, el brasileño Francisco Weffort (1967/1999) acuño la expresión “estado de compromiso” para referirse a la experiencia populista en Brasil, resultado de la irrupción de las clases populares en el proceso de desarrollo urbano e industrial y de la incapacidad de la burguesía de asegurar su hegemonía de clase a partir de 1930. En ese contexto, para el autor, los grupos dominantes se vieron obligados a recurrir a intermediarios —primero Vargas y luego los presidentes que siguieron hasta 1964— que puedan establecer alianzas con los sectores populares. En esta alianza que expresa la relación populista, dice Weffort, “la hegemonía coincide siempre con los intereses de las clases dominantes, no sin dejar de satisfacer ciertas aspiraciones fundamentales de las clases populares” (1967/1999, p. 149).

7 Los artículos citados de Los usos de Gramsci en este trabajo son el texto del mismo nombre, aparecido en 1977 (y redactado en 1975) como prólogo a los escritos del sardo publicados en la colección de Cuadernos de Pasado y Presente que dirigía Aricó, y las “Notas sobre crisis y producción de acción hegemónica”, originalmente una ponencia presentada en un seminario organizado por la UNAM en Morelia en 1980. Este último texto fue retirado por Portantiero de las ediciones posteriores de Los usos de Gramsci, acaso por considerarlo parte de una propuesta teórica y política que pronto abandonaría definitivamente. Hemos indagado en algunas tensiones de este recorrido intelectual en Pizzorno (2016b).

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